Las lecturas de hoy nos presentan un aspecto constante del comportamiento de Dios: la búsqueda de nuestra colaboración. Toda la Biblia testifica esta verdad, y es imposible entender a Dios sin tener en cuenta este deseo de su parte. También hoy, él busca colaboradores, permitiendo así, que se cumpla el milagro del nacimiento de un apóstol o colaborador de Dios. La primera lectura (1 Sam. 3,3-19), tiene en el centro la llamada de Samuel. Éste tenía dos padres maravillosos: ellos habían deseado su nacimiento y habían rezado para tener el don de un hijo, que luego lo habían consagrado y estaban felices de verlo como colaborador de Dios. ¿Hoy existen familias así? Margarita Occhiena fue el presupuesto de la santidad de san Juan Bosco: ¡era la madre! Assunta Goretti fue el terreno en el que pudo madurar el heroísmo de la joven santa María Goretti que prefirió morir antes que mancillar su pureza: ¡era la madre! Luis Martín fue el primer maestro de fe para santa Teresita del Niño Jesús: ¡era el padre! Así fue siempre. Las elecciones de los hijos son expresión del clima que se ha instaurado en la familia: para bien o para mal. La Biblia presenta a Samuel, viviendo junto al Templo. Pero su relación con Dios en esa época era una costumbre por la educación religiosa recibida. Pero llega el momento decisivo para Samuel: es la etapa en la que, lentamente, va descubriendo la verdad de Dios y comprende que Dios es una Persona. Toma en serio la oración y entiende que Dios solamente "es", mientras que las otras cosas "pasan" velozmente. Samuel finalmente advierte la llamada divina y responde sin dudar: "Habla Señor, que tu siervo escucha". En esta disponibilidad se encierra la grandeza de Samuel. Es que ha percibido la diferencia que existe entre Dios y el resto. Comprende la seriedad de la vida, y por eso la siente como "llamada" y "misión". Hoy, ¿por qué la vida de muchos jóvenes se ha convertido en algo banal? ¿Por qué muchos sienten la necesidad de embriagarse, drogarse, o volverse sordos con el ruido y la extroversión? Exactamente porque en general se vive el vacío; las banalidades se convirtieron en ideales, y las metas del hombre se han rebajado a niveles indignos del hombre. Debemos luchar para que la vida sea sentida como un gran don, como un momento único, como ocasión irrepetible. Es en una visión grande y seria de la existencia en la que maduran las vocaciones.
En el evangelio (Jn. 1,35-42), la situación de Samuel se repite en la vida de los apóstoles: ahora para ellos, el problema es descifrar el sentido de la vida a la luz de Cristo. Éste es también nuestro desafío. Se relata aquí la llamada de los primeros discípulos. Juan, que estaba con dos de sus discípulos, al ver que Jesús pasaba, dijo: "Ese es el Cordero de Dios". Cuando lo oyeron esos dos discípulos, "siguieron a Jesús" (vv.36-37). "Seguir" no es un verbo cualquiera: en todo el evangelio indica la total adhesión del discípulo al Maestro y un compartir con él todos los acontecimientos que implica el seguimiento. La decisión de los discípulos es precedida por un testimonio: el del Bautista y el de Andrés. El testimonio es una puerta abierta. El cristianismo crece por atracción no por imposición. Jesús siempre pasa, pero no amenaza nunca y atrae con amor siempre. Es una verdad perenne. Junto a la vida de cada uno, pasa Dios. Puedes no sentirlo, no verlo, no creerlo y no amarlo, pero permanece la verdad: Dios pasa a tu lado continuamente. Está escrito en el Apocalipsis: "Estoy a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y me abre la puerta, entraré y cenaremos juntos" (Ap. 3,20). El célebre psicólogo C. G. Jung, en la puerta de ingreso a su casa puso un cartel que decía: "Llamado o no llamado, Dios está siempre a tu lado". Cristo, en efecto, es el "Dios entre nosotros".
Jesús toma la iniciativa; se da vuelta e interroga: "¿Qué buscan?" (v.38). La pregunta es genérica y provocativa. No pregunta: "¿Me buscan a mí?", sino "¿Qué esperan obtener?". Él interroga no para informarse, sino para provocar la respuesta. Hay quienes buscan a Dios: un "Tú", y quienes se buscan a sí mismos: el "yo". Los primeros se realizan; los segundos mueren en la esterilidad. Los dos discípulos siguen preguntando: "¿Dónde vives?" (v. 38); es decir, "¿cuáles son las condiciones para estar en comunión contigo?". En el cuarto evangelio, el verbo "vivir" expresa la más profunda comunión con Jesús. Él responde con una invitación: "Venid" y con una promesa: "Veréis" (v.39). Este segundo verbo está en tiempo futuro, para indicar que la búsqueda no termina nunca y el descubrimiento de Dios está siempre inconcluso. En definitiva, Jesús quiere decir: "No se puede definir a Dios. Sólo se lo puede entender, viviendo con Él". Es lo que han hecho los santos. Ellos no son charlatanes, sino personas que viven la Palabra.
