En una reciente entrevista televisiva, Lance Armstrong admitió que se dopó, se sometió a transfusiones, utilizó testosterona, cortisona y hormona del crecimiento, en todas las carreras del Tour de Francia que ganó. Desde que lo sancionaron, la vida del héroe estadounidense que superó el cáncer y se convirtió en el mejor ciclista de la historia, pasó a ser clandestina.
A pesar de su fortuna estimada en 96 millones de euros, se quedó sin patrocinadores, la cárcel por perjurio es una amenaza latente y la sanción impuesta le impide competir en pruebas de triatlón, su nueva pasión. Para lavar las culpas, el Comité Olímpico Internacional (COI) dejó a Armstrong sin su medalla de bronce de los Juegos Olímpicos de Sydney 2000. Fue el último golpe de gracia para despojar al astro de la más preciada medalla que quedaba en su poder.
La Unión Ciclista Internacional (UCI) le quitó en octubre pasado sus siete títulos y lo sancionó de por vida, después de que varios ciclistas y excompañeros testificaran que tomó sustancias para mejorar el rendimiento. Los testimonios se incluyeron en una investigación de la Agencia Antidopaje de Estados Unidos, en la que el excorredor de 41 años fue acusado de dirigir el programa de dopaje más sofisticado, profesional y exitoso que ha conocido el mundo del deporte.
Son varios los casos de exitosos deportistas que admitieron haber utilizado drogas cuando competían. El danés Bjarne Riis, también ganador del Tour de Francia, consumía EPO. Otras disciplinas tienen sus casos testimoniales: André Agassi, ícono del tenis, admitió en su autobiografía haber dado positivo en un control y contó la connivencia de la ATP para tapar el asunto. A Marion Jones, atleta estadounidense, le quitaron cinco medallas olímpicas tras confesar haber consumido sustancias prohibidas. El futbolista Paul Gascoigne reconoció en la TV británica que aspiraba cocaína antes de los partidos. Christian Vandevelde, Tom Danielson y David Zabriskie dijeron haberse dopado cuando compartieron equipo con Armstrong.
La UCI también está señalada, por lo que parece lógico que desde su seno empiecen a dar respuestas. Armstrong no pudo orquestar todo esto en soledad y contó con la connivencia de mucha gente y la negligencia o complicidad de decenas de controles a lo largo de los años.
Llegar a decir que "nadie gana siete veces el Tour de Francia sin doparse" es una vergüenza para el deporte, porque no sólo se engañó a sí mismo sino que mintió a mucha gente y se convirtió en un pésimo ejemplo, no sólo para el mundo de la competencia.
