Con el primer bostezo de humanidad que damos, advertimos que la vida en esta tierra es un peregrinaje hacia un lugar que no conocemos. Moramos en un país extraño, mientras aferrados a la vida, todo nos grita que no somos de estos lares. Mientras tanto, destellos de eternidad van guiando el camino. Evidentemente, estamos hecho de destierros y búsquedas. Desde mi voluntario exilio en Babilonia guardo la fe de mis antepasados y mi finitud me recuerda que tengo sed de infinitud que nada sacia. La fuente no está aquí y el alma lo intuye. Por eso nos levantamos una y cien veces. Porque los ríos de Babilonia no están tan lejos y colgada en los álamos de la orilla, se puede divisar el arpa (Salmo 137).

Somos una bicicleta "alada"

Y así va discurriendo la vida. Crecemos con esa tensión entre finitud e infinitud, marcando nuestro ser. Apenas despunta el alba de nuestra vida, tomamos conciencia de esa finitud que nos acompañará hasta el final. Rápidamente aprendemos que el cuerpo es el límite y los moretones de las primeras caídas, son testigos de ese aprendizaje. Sin embargo, como gran paradoja existencial, es la conciencia de ese límite la que nos lanza nuevamente hacia adelante. Siempre habrá un pequeño Tambolar en la plaza del barrio, que vencer con nuestra bicicleta "alada". Le tomo prestada la metáfora a León Gieco: "Sacamos cuerpo//Pusimos alas//Y ahora vemos una bicicleta alada que viaja" (El ángel de la bicicleta, 2005). Las alas que nos presta el alma nos permite levantar la carpa caída y buscar nuevos horizontes. De alguna manera, tenemos algo de cigarra en nuestro ADN. María Elena Walsh inmortalizó esta idea en una inolvidable canción: Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo, estoy aquí, resucitando (Como la cigarra, 1973).

Una forma de ser y estar en el mundo

Esta tensión entre finitud e infinitud, es muestra cabal de nuestra constitución ontológica. Somos una unión sustancial entre un cuerpo material y un espíritu racional. Nuestro ser tiene sed de infinito y el alma lo sabe. Y esa unión sustancial nos acompañará en todo nuestro trayecto existencial. Esta dimensión de espíritu encarnado en un cuerpo, define una forma de ser y estar en el mundo. Escribo cada página de mi vida y entro en la historia de los otros, desde esta unidad sustancial. Por eso me niego a la cosificación del cuerpo humano. Esta inédita relación entre cuerpo y alma, supera la afirmación posesiva de "yo tengo un cuerpo". En realidad, metafísicamente hablando, la expresión correcta sería: "yo soy mi cuerpo". Ni el Derecho, ni la Medicina, ni la Moral pueden reducir la persona a su sola corporeidad.

La persona es mucho más que su cuerpo. La corporeidad humana es la epifanía de la persona, en cuanto la muestra, la revela y la esconde de miradas abusivas o invasivas del otro. Pero nunca la abarca ni la expresa en su totalidad. Porque el espíritu trasciende al cuerpo. Sí queremos conectarnos con el otro deberemos aprender a decodificar el lenguaje de su corporeidad, para arrimarnos con delicadeza a las ventanas de su alma.

No hay mandato legal, moral ni consentimiento informado que justifique violentar al otro en su yoidad. Sólo así se entenderá que la persona es, ante todo, una subjetividad atravesada por su historia, sus sueños, sus valores, sus creencias, sus miedos y errores. El paso al planteo ético se dará espontáneamente cuando sea capaz de ver en ese otro, alguien igual a mí. Como diría el filósofo Franz Hinkelammert: "Yo soy si tú eres".

 

Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo