El poder aglutinante del fútbol ha hecho de esta Copa Mundial que se disputa en Brasil un fenómeno universal sin precedentes, gracias a una globalización mediática que lleva los encuentros internacionales a todos los rincones del planeta en tiempo real, despertando la pasión de multitudes hasta en naciones cuyos representativos no pudieron la clasificación para ingresar en el magno certamen.

La convocatoria de la FIFA, cada cuatro años, es también un fenómeno sociológico que deja de lado las diferencias de las parcialidades irreconciliables de los campeonatos domésticos, para confundir a todos en un ideal motorizado por la enseña nacional, por un solo color predominante, el celeste y blanco en nuestro caso. Es una identidad social participativa que solo propicia el fútbol más allá de los sectorismos, las ideologías e incluso de los problemas y las tensiones circunstanciales de la convivencia de un pueblo.

El Mundial 2014 nos hace protagonistas y lo exteriorizamos con manifestaciones mulitudinarias ante la gloria, o la congoja generalizada por las frustraciones que provocan un clima de duelo nacional. Es que en un mundial hay un solo sentimiento que sobrepasa los niveles sociales y desata emociones extremas con característica de fiesta cultural.

Todo es válido para cruzar océanos desde los lugares más remotos, o viajar más de 40 horas seguidas por vía terrestre a Río de Janeiro, como hicieron en estos días miles de argentinos que no consiguieron vuelos, o por el precio de los pasajes. Igual decidieron viajar con lo puesto o bien endeudarse, aunque sea para poder estar cerca del estadio de Maracaná, esta tarde, como hizo un grupo de sanjuaninos.

Hay un fervor triunfalista en nosotros, reprimido desde hace 24 años, para alcanzar la codiciada Copa. Es una admirable movilización del sentimiento nacional que llama a reflexionar sobre la proyección colosal que podría tener este inmenso consenso como fuerza para encarar todas las soluciones a los problemas que acosan a nuestro país. Todos vestidos con una sola camiseta albiceleste, mirando un horizonte promisorio como una réplica de la pasión futbolera.

Es poner en práctica valores nobles como el trabajo en equipo, la solidaridad, la generosidad, la disciplina, la aceptación de la derrota o el juego limpio. Es la promoción de la cultura del encuentro, como expresó ayer el papa Francisco ante la admiración que despierta este acontecimiento de confraternidad mundial.