Golda Meir simboliza perfectamente la historia dramática del pueblo de Israel. Nacida en la Rusia de los zares, pionera del movimiento socialista y huida de la represión antisemita de la policía zarista, emigró a los EEUU de América, seducida por las colonias judías instaladas en Palestina, fundadora del Estado de Israel suplantando al Estado de Palestina, Golda Meir es la historia del sionismo que supo rentabilizar en su beneficio el sufrimiento del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial. Se trata de uno de los mejores cerebros sionistas y de uno de los políticos mas hábiles del siglo XX. Su madre le decía: "Golda ¿para qué quieres dedicarte a la política siendo tan buena cocinera?” Y Golda, la joven Golda Myerson que disfrutaba ya de una vida pequeñoburguesa en los EEUU, contestaría años más tarde en sus memorias: "No me bastaba la felicidad doméstica. Necesitaba hacer lo que hago, por mí misma y por mi país. Renunciar me hubiera parecido una vileza porque yo servía para hacerlo”.
Siempre fue una mujer progresista, pero de orden, puritana y sencilla de Israel y miembro de la rama socialista y moderada del sionismo. Su padrino político fue Ben Gurión, quien le aconsejó cambiar su apellido de Myerson por el de Meir, que en hebreo significa "Luz que resplandece”. Tanto como primer ministro o como cuidadora de gallinas en un Kibbutz (Granja colectiva), Golda siempre estaba orgullosa de ser judía y de estar fundida en comunión con su pueblo.
Cuando Argentina protestó por el secuestro del nazi Eichmann de su suelo para ser juzgado (y luego ejecutado) en Jerusalen, Golda habló por Israel en la tribuna de la ONU y dijo una de las verdades de su firme credo: "Ningún pueblo de la edad presente ha tenido que llorar la desaparición de la tercera parte de los suyos, como nos ha ocurrido a los judíos”. Su sueño era morir en un Kibutz, cuidando de un jardín y dando clases como en su juventud. "Allí es el único sitio donde hay paz, fraternidad y una igualdad espiritual auténtica”.
Cuando le ofrecieron el puesto de primer ministro ya era abuela, estaba enferma de Leucemia y casi retirada, pero aceptó. No le gustaba que la compararan con los grandes hombres que fundaron el Estado de Israel. Era una fumadora empedernida, austera y muy inteligente. Un diplomático británico escribió al Foreign Office sobre ella: "Sus apariencias engañan. Se acerca a ti como una abuelita, pero cuando empieza a hablar tiene un verbo y una fuerza de convicción que antes de que uno se de cuenta ha conseguido lo que se proponía. Tiene las ideas tan claras y es tan encantadora, que conmueve, enamora a sus interlocutores. Es una estadista de cuidado”.
Paradójicamente fue en el instante en el que alcanzaba su más alta cima política, el puesto de primer ministro cuando le llegó su hora más amarga: la guerra del Ramadán, la primera derrota del ejército judío a manos de los árabes. Tras el empuje de sirios y egipcios, Israel aceptó el alto el fuego tras seis días de lucha ininterrumpidas; fue algo así como una venganza histórica de los pueblos árabes humillados en 1967 con la guerra de los seis días tan diferentes a estos otros seis de 1973. El conflicto provocó una gran discusión interna en el Estado judío y se abrió una investigación sobre la responsabilidad de Golda Meir en este fracaso militar del sionismo; toda la extrema derecha, encabezada por el primer ministro Beguín y el general Dayan, se vuelca contra ella acusándola de imprevisión, de falta de preparación, de intentar pactar con los Estados árabes. Aunque las acusaciones no desembocan en nada concreto y en la encuesta que se le abrió es declarada inocente, Golda Meir está ya "tocada”. "No puedo llevar la carga más adelante; he llegado al final del camino”. Esta vez el retiro fue real hasta su muerte en 1978, como consecuencia del cáncer en la sangre que padecía.
La polémica del Yom Kippur la hirió de lleno: "Nunca volveré a ser la misma persona de antes de la guerra”; y ello a pesar de que en su puesto no hizo sino atenerse a las consecuencias de la presión de los EEUU para que lograra una tregua con los árabes. Ya no volvió a añadir más líneas a sus memorias, escritas antes de dimitir de su cargo de primer ministro de un modo definitivo y tajante. De cualquier modo, era bien visible que el Estado que había contribuido a crear 30 años antes tenía una existencia tan precaria como en su gestación y dependía de un Estado protector.
En su mismo testamento hay casi una queja amarga: "No quiero plegarias, no quiero monumentos, no quiero que se dé mi nombre a ninguna calle de ninguna ciudad” que va más lejos de su tradicional sencillez y austeridad para entrar de lleno en una lamentación lúcida y descarnada de su papel histórico: traspasar a otro pueblo, el palestino, los sufrimientos, las persecuciones y el terror que de niña la habían sensibilizado contra la injusticia y la opresión. Ella simboliza perfectamente la historia dramática del pueblo de Israel.
(*) Escritor.
