En aquel tiempo: todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: ‘Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos’. Jesús les dijo entonces esta parábola: ‘Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice:’Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”. Y les dijo también: ‘Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte’, (Lc 15,1-32).

¿Por qué Jesús relata las parábolas? Lo dice al inicio del evangelio de este domingo: ‘Se acercaban publicanos y pecadores para escucharlo’. Los fariseos murmuraban diciendo: ‘Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos’. El Maestro comunica a través de parábolas para responder al escándalo. Sí. El escándalo de la bondad misericordiosa de Dios, que acepta la hospitalidad de los pecadores. Frente al pecador, el primer sentimiento de Jesús no es el juicio sino la cordialidad. La primera parábola se refiere al pastor que teniendo cien ovejas pierde una y sale a buscarla. La segunda presenta a una mujer que pierde una moneda y hace lo imposible para encontrarla. El pastor, al perder una oveja, deja a las noventa y nueve restantes, y sale a buscar a la perdida. ¿Nosotros haríamos esto? Parecen gestos ‘injustos’ e ‘irracionales’, pero son las actitudes de Dios frente a quienes están lejos. Prefiere perderse él, antes que una de sus ovejas se pierda. Su ausencia es un dolor irreparable. Cada uno de nosotros es preciosísimo a los ojos de Dios. El modo de obrar de Dios es el de quien va en busca de los hijos perdidos para luego hacer fiesta y alegrarse con todos por haberlos encontrado. Se trata de un deseo incontenible: ni siquiera noventa y nueve ovejas pueden detener al pastor y tenerlo encerrado en el redil. Él podría razonar así: ‘Hago un cálculo: tengo noventa y nueve, he perdido una, pero no es una gran pérdida’. En cambio, va a buscar a esa misma, porque cada una es muy importante para él.

El periodista y escritor francés André Frossard (1915-1995) acuñó la feliz frase de que ‘el Dios cristiano sólo sabe contar hasta uno’, demostrando así una solicitud exquisita hacia cada uno de nosotros. Dice el querido papa Francisco que ‘estamos todos avisados: la misericordia hacia los pecadores es el estilo con el cual obra Dios y a esa misericordia él es muy fiel: nada ni nadie podrá apartarlo de su voluntad de salvación. Dios no conoce nuestra cultura actual del descarte, en Dios esto no tiene lugar. Dios no descarta a ninguna persona; Dios ama a todos, busca a todos: ¡uno por uno! Él no conoce la expresión ‘descartar a la gente’, porque es ‘todo amor y misericordia”. El pontífice advierte luego sobre ‘el peligro de la Iglesia de encerrarse en el redil, donde ya no hay olor a oveja sino a encierro. La Iglesia debe aprender a salir. No hay ovejas definitivamente perdidas sino ovejas a encontrar’. El cardenal Giacomo Biffi, en su libro ‘Il quinto evangelo’, hace referencia a esta parábola pero la da vueltas. Dice: ‘Un pastor tiene cien ovejas y habiendo perdido noventa y nueve, la reta a la única oveja que le quedó en el redil, por falta de iniciativa. Luego la echa y cierra el redil. Después se va al café a discutir de pastoral. ¡Fuera oveja reticente! Debes irte porque tu sola me haces perder tiempo y fatiga!’. Esto sucede también dentro de la Iglesia.

En la segunda parábola, la protagonista es una mujer. Si la primera imagen subraya la potencia del amor de Dios, la segunda destaca la ternura. En efecto, cuando el amor es más fuerte parece ser más débil. Ella posee diez monedas. Ha perdido un dracma, que era una moneda en uso en el ámbito de los paganos. Aunque tenía escaso valor a los ojos de un extranjero, por cómo actúa esta mujer, parece que es todo su tesoro y allí está su corazón. La mujer busca incansablemente. En el encontrar la dracma, Lucas ve al pecador que se convierte. La conversión implica un reconocimiento de la propia perdición; y más que un volver hacia Dios, consiste en abrirle los brazos a quien ha venido a buscarnos. La alegría del regreso deja entrever la angustia precedente. La última nota de las dos parábolas es la alegría que envuelve cielo y tierra. Dios me busca apasionadamente. Si lo entiendo, en vez de huir, correré hacia él.