Ocurrió inmediatamente después de la 1ra Guerra Mundial (1914-1918). El colapso del signo monetario alemán supo acarrear inesperadas derivaciones también para los ahorristas argentinos quienes adquirieron grandes fajos de billetes alemanes. Pero la depreciación total y la supresión de esa moneda hicieron que los marcos alemanes no fuesen más que inútiles papeles. Así, la gran inflación se trocó en una fallida ilusión y en el irreparable derrumbe de castillos de papel moneda.
La Alemania de la primera posguerra conoció el único caso en la historia moderna en la que un pueblo civilizado contempló la posibilidad de retornar a los casi prehistóricos tiempos de trueque de mercaderías, de acuerdo con su valor e impuesto por las necesidades. "’Die grosse inflatión” perduró en la memoria del pueblo alemán y evocó la emoción que les produjo atesorar en los bolsillos millones y millones de marcos que servían solamente para comprar una caja de fósforos o una estampilla. Existieron casos de bancarrota, suicidios y enormes fortunas diluidas, además de prestamistas e inversores que guardaban su dinero en alacenas o colchones.
La derrota alemana sin su Kaiser, era una república sin fe, conmovida por el multipartidismo. No obstante, con su ministro de finanzas Matthias Erzberger, el marco llegó a estabilizarse en una proporción de 40 a 100 con el dólar. Fue allí cuando empezó el pánico. Comenzaron a caer los precios. Las fábricas no cumplían con sus obligaciones y se iniciaron cierres. El desempleo subió y de pronto, el derrumbe. Agosto de 1921 fue trágico. Por cada dólar debían pagar cuatro billones doscientos mil millones de marcos….Algunos círculos alemanes consideraron que no existían razones para pagar a Francia con vagones de dinero empaquetado, y lo reemplazaron con 100.000 postes telegráficos. Los franceses se negaron y ocuparon el Rhur, corazón industrial de Alemania. Los obreros pararon y, ahora sí, la deflación asumió caracteres catastróficos. Una taza de café se cotizaba a tres millones de francos. Cundió el pánico. En los restorantes se prevenía al cliente que los precios podrían ser modificados al momento de pedir la cuenta. La hecatombe adquirió plenitud hasta 1923. En ese año, Adolf Hitler aprovechando el descontento popular, intentó un golpe de Estado que le significó una condena de 5 años, aunque permaneció sólo 8 meses en la cárcel de Landsborg. Allí empleó su tiempo para escribir "’Mein Kampt” (Mi Lucha), que pasaría a constituirse en el libro de cabecera del nazismo y documento fundacional de una nueva era en la que la pesadilla dejó paso al resurgimiento alemán cuyo final, 22 años más tarde implicó una nueva tragedia. Pero ésa es otra historia.
