Ayer se cumplieron seis años de la muerte de ese gran pontífice que fue Juan Pablo II. Si hace un año la pregunta era cuándo iba a ser beatificado el primer Papa polaco de la historia, ahora todas las miradas están puestas en el próximo 1 de mayo, cuando Benedicto XVI proclamará en la plaza de san Pedro del Vaticano, beato a su predecesor, del que fue estrecho colaborador durante más de 24 años.

Hasta el momento, más de 300.000 personas han confirmado ya su asistencia, según informa el organismo de la iglesia romana encargado de la organización y difusión del evento, una cifra que, se prevé, aumentará en forma considerable a medida que se aproxime la fecha indicada y se genere una mayor expectativa en relación a su significación.

A la espera de ese día, se han presentado últimamente en Roma varios libros sobre la vida de Wojtyla, uno de ellos sobre los encuentros que mantenía con los periodistas en los aviones cuando se dirigía a alguno de los 129 países que visitó en sus casi 27 años de pontificado, el tercero más largo de la historia.

La beatificación de Juan Pablo II será un evento histórico sin precedentes, ya que en los últimos diez siglos de la Iglesia católica ningún Papa proclamó beato a su predecesor. Hay que remontarse a la Edad Media para encontrar casos más o menos similares. Uno de ellos es el de Pietro Morrone, el eremita elegido pontífice con el nombre de Celestino V en 1294 y que renunció a su oficio varios meses después. Fue proclamado santo en 1313, veinte años después de la muerte, pero por su tercer sucesor. La santidad de León IX (1002-1045) y de Gregorio VII (1020-1085) sí fue reconocida inmediatamente después de sus fallecimientos.

Juan Pablo II (1920-2005) será elevado a la gloria de los altares seis años y un mes después de su muerte, luego de que Benedicto XVI promulgara el pasado 14 de enero el decreto por el que se reconoce un milagro por su intercesión. El anuncio de su beatificación fue acogido con gran alegría en el mundo católico, donde aún sigue vivo el grito de "santo súbito" (santo ya) que decenas de miles de personas corearon en forma magnífica aquel 8 de abril de 2005 durante el funeral.

El mundo, más allá de sus creencias, no podrá olvidar la figura y obra de Juan Pablo II, que con humanismo y humildad supo presentar a todos, un Dios cercano, a través del diálogo sin barreras y la caridad sin límites: todo un desafío que la Iglesia debería asumir sin dilación.