El hombre se aproximó a la mesa y miró a toda su prole. Recorrió sus miradas inocentes, mientras sentía que el hielo de ese telegrama, lo laceraba desde un bolsillo. Cargaba su corazón una pesadumbre atroz y muy a su pesar debía ser franco y directo. Quizás duro. Lo acababan de despedir y avizoraba que el gris de esa estrechez que aguantaba a pié firme, tornaría irremediablemente hacia el negro de la desesperanza. "A partir de mañana, el que quiera comer, tendrá que salir a trabajar", fue la sentencia que cayó como un rayo a la hora del almuerzo. El almuerzo que ese día estaba, pero que para mañana nadie sabía.

¿Cómo hacer ahora si el viejo había perdido su trabajo? Entre los ocho hermanos se miraron y comprendieron, mientras sorbían en silencio aquel plato que sabía preparar su madre, fielmente entrenada en el cotidiano oficio de saber llegar a fin de mes. Esa misma tarde, dos de los muchachos se apartaron y diseñaron un plan para el día siguiente. "Saldremos a lustrar zapatos", fue la consigna. Se las rebuscaron para conseguir la madera con qué hacer el cajón y el banquito. Con unas monedas que habían guardado para alguna diversión, se hicieron de los cepillos, la pomada, la anilina, la cera, y los paños. A los pocos días estaban ocupando un lugar en la esquina. El barrio, aún en su modestia, tenía la dignidad de la ropa humilde pero limpia y del zapato bien lustrado. Había clientela y llegada la noche de sábado la cosecha era mayor, pues los "puntos" que luego se lucían en las baldosas de la pista la Estrella, hacían fila para sacarle brillo a los tamangos. Uno de ellos "amplió el negocio" y se buscó un lugar para vender caramelos en los intervalos del cine Rivadavia. Y ya que estaba, se ganaba otras extras, trasladando a puro pedal los rollos de celuloide entre los cines de la zona. El otro, rumbeó después a otros pagos, procurándose un lugar entre los aspirantes de la Escuela Naval. El resto de los hermanos también se las rebuscó en distintos quehaceres ennobleciendo, a lo mejor sin ser conscientes de ello, el preciado valor de "vivir con honra". La miseria no habría de echarles mano.

Esto que cuento es real, y no he pedido ni estoy autorizado a decir de quienes se trata. Tampoco es el propósito de esta nota exaltar a esa familia, ni ellos lo pretenden, seguramente. Quiero decir que ella es el espejo donde se miraron casi todas, allá por la Esquina Colorada. La escena se repitió, con lógica diversidad, en la mayoría de los modestos hogares que poblaron el barrio de mis orígenes. Muchos se conchabaron en el comercio, o se fueron a trabajar los parrales, o en Cinzano, o El Globo. Otros tuvieron la oportunidad de darle al estudio, o emigraron de la provincia. Pienso en ellos, y es numerosa la cantidad de pibes que compartieron mis correrías tras una pelota, y que de a poco dejé de ver. A veces volvían para las fiestas de fin de año y contaban sus experiencias en la gran capital, y nosotros escuchábamos asombrados cómo es que ocupaban un lugar en las gradas del viejo Gasómetro, o en la antigua "herradura" de Nuñez, o en la "bombonera", mientras se ganaban la vida. O aquel otro que se afincó en Lanús, y armó una familia que obviamente se hizo "granate", y fue una de las pocas que en San Juan celebraron el campeonato del año pasado. O el que llegó nada menos que a vivir en la Quinta Avenida, en Nueva York, y se saludaba diariamente con Jhon Lennon, y después pegó la vuelta en moto, en recordada e insólita aventura.

Todos se lo propusieron y pudieron, sin que vaya en ello nada de especial. Trazaron su propio camino de esfuerzo, derrotas y victorias. Esto que parece ser una nostalgiosa referencia a aquellos años, no es otra cosa que la descripción de una cultura. De una forma de hacerle frente a la adversidad. Esa cultura, la noble determinación de ganarse el sustento, existe aún, pero no se por qué se me hace que está como tambaleante y difusa. Por eso a veces se me da por mirar atrás y doy este "viejazo", melancólico y sentimental, aunque se parezca a la inútil queja de aquel borracho que confesaba sus pesares "en un viejo almacén del paseo Colón". O, para peor, corriendo el riesgo, como dice otro tango, "de que te bauticen ¡gil!".