Transcurrían los primeros días de febrero de 1813 cuando el entonces Coronel José de San Martín, al mando del novel cuerpo de granaderos, llegaba a la posta de San Lorenzo, cercano a un viejo claustro de los sacerdotes franciscanos, en Rosario de Santa Fe. Este avance patriota tenía como objetivo repeler la flota española, la cual desde tiempo atrás fustigaba a la población con ataques relámpagos. De acuerdo al historiador, José Pacífico Otero y al testimonio de un comerciante inglés de apellido Robertson, los acontecimientos se desarrollaron de esta manera:
Relatan que en esta posta las tropas descansaron y cambiaron sus caballos. De ahí continuaron hacia el monasterio, llegando a la noche del día 2 de febrero. Aquí realizó el futuro Libertador los preparativos para entrar en combate, destinando una docena de granaderos, los únicos que poseían carabina, para que protegieran la entrada del convento.
Con él resto de la hueste formó dos grupos o compañías de ataque. Una de ellas quedó bajo su mando, la otra a las órdenes del capitán Justo Bermúdez. El mismo San Martín hizo de observador, instalándose en el mirador del convento. Mirando como un águila a través de un "anteojo de noche”, posó su mirada sobre el horizonte, tratando de ver las maniobras de los realistas. Luego de un tiempo logró avistar la cantidad de soldados, pronto a iniciar las maniobras de desembarco. A la sazón pronunció estas palabras, luciendo magnifico y varonil su uniforme color azul: "ahora en dos minutos más estaremos sobre ellos, sable en mano”.
Precedentemente ordenó las últimas consignas a los soldados, agregando otra frase: "Espero que tanto los señores oficiales como los granaderos se portarán con una conducta tal cual merece la opinión del regimiento”.
La batalla en realidad fue corta -al amanecer del tres de febrero- teniendo la particularidad que los patriotas no dispararon ningún balazo, emplearon sus sables, y su lanzas, fue en realidad un combate cuerpo a cuerpo, demostrando aquella caballería una energía increíble. En tanto los realistas comandados por el capitán Zabala, portando bayonetas y fusiles, nada pudieron hacer al verse atacados sorpresivamente por dos columnas. A las ocho de la mañana ya se vislumbraba la derrota del invasor, algunos se dispersaron emprendiendo la fuga, otros fueron hechos prisioneros.
Cabe decir que San Martín, en el momento de iniciar su arremetida, sufrió los disparos de una metralla, que hirieron de muerte a su caballo, rodando por el suelo. Algunas versiones dicen que fue el propio Zabala, quien de un hachazo pretendió matarlo, pero San Martín logró desviarlo, hiriéndolo sin gravedad en su mejilla. Nuevamente fue atacado por otro español, quien bayoneta en mano se disponía igualmente a ultimarlo.
En esos instantes dos granaderos llamados Juan Bautista Baigorria y Juan Bautista Cabral, se acercaron. El primero, lanza en mano, se encargó de este soldado, en tanto Cabral, se apeaba de su caballo y "extendiendo sus brazos cerraba con ellos a San Martín y lo ponía a salvo”. Lamentablemente en ese preciso instante dos balas lo hirieron mortalmente en su pecho. En tanto Bermúdez salió en persecución de los pocos soldados que quedaban, pero también una bala enemiga lo hirió en una de sus piernas, falleciendo, a pesar de la amputación que sufrió, a los pocos días.
Otro hecho heroico de esta jornada fue la protagonizada por el oficial Hipólito Bouchard, quien le arrebató una bandera a los vencidos. De acuerdo a la tradición "el parte de la victoria fue redactado a la sombra de aquel pino que aún existe (…) y "llegó a Buenos Aires el cinco de febrero y su anuncio fue saludado con los cañones de la fortaleza”.
(*) Magister en Historia.
