Celebramos hoy la gran solemnidad de Pentecostés. Aunque, en cierto sentido, todas las solemnidades litúrgicas de la Iglesia son grandes, esta de Pentecostés lo es de una manera singular, porque marca, llegado al quincuagésimo día, el cumplimiento del acontecimiento de la Pascua, a través del don del Espíritu del Resucitado. La Iglesia revive hoy lo que aconteció en sus orígenes, cuando los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén, "perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hch 1, 14). El Espíritu Santo es ante todo Espíritu Creador y por tanto Pentecostés es también fiesta de la creación. Para los cristianos, el mundo es fruto de un acto de amor de Dios, que hizo todas las cosas y del que él se alegra porque es "algo bueno”, "algo muy bueno”, como nos recuerda el relato de la Creación (cf. Gn 1, 1-31). Israel festejó el quincuagésimo día después de la Pascua, luego de la conmemoración de la huida de Egipto, como la fiesta del Pacto en el Sinaí. Cuando san Lucas habla de lenguas de fuego para representar al Espíritu Santo, se recuerda ese antiguo Pacto, establecido sobre la base de la Ley recibida por Israel en el monte Sinaí. Así el acontecimiento de Pentecostés se representa como un nuevo Sinaí, en el que la alianza con Israel se extiende a todos los pueblos de la Tierra.

San Lucas representa la extensión del Pacto a todos los pueblos de la tierra a través de una lista de poblaciones considerable para aquella época (cf. Hch 2, 9-11). Con esto se nos dice que la Iglesia es católica desde el primer momento. Su universalidad no es fruto de la inclusión sucesiva de comunidades diversas. De hecho, desde el primer instante, el Espíritu Santo la creó como Iglesia de todos los pueblos; abraza al mundo entero, supera todas las fronteras de raza, clase, nación. Desde el principio la Iglesia es una, católica y apostólica: esta es su verdadera naturaleza y como tal debe ser reconocida. Es santa no gracias a la capacidad de sus miembros, sino porque Dios mismo, con su Espíritu, la crea, la purifica y la santifica siempre. El Espíritu Santo aporta siempre novedad. De ahí que una Iglesia que no se renueva no es la Iglesia de Jesucristo. La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, y si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, pero hasta un cierto punto. Tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento. La novedad que Dios trae a nuestra vida nos realiza, dando alegría y serenidad.

Como dice el Papa Francisco: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en la Iglesia, porque produce diversidad de carismas. Sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. Un Padre de la Iglesia tiene una expresión hermosa: afirma que el Espíritu Santo es precisamente la armonía. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos y exclusivismos, provocamos la división. Cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación, la prepotencia. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad, nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Los teólogos antiguos decían: "el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, no iríamos adelante”. Pentecostés nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto. Nos impulsa a abrir las puertas para salir, anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Ojalá que en la Iglesia comprendamos que sin misión no hay Iglesia. En palabras del Papa Francisco: "es preferible una Iglesia accidentada por salir, que enferma por vivir encerrada”.