Mordida de piquetes, amordazada de muchedumbres solitarias, Buenos Aires arriesga sus ángeles. Conocí otra Buenos Aires.

La fotografía habla en clave de nostalgias. Yo, unos 15 años, Hugo unos catorce. Parados con mis padres y mi hermana niña en el andén de la estación Retiro, recién bajados del Cuyano, valijas y bolsos mensajes del interior, mirando todo con además de caricia y asombro.

Ahí comencé a percibir el olor de Buenos Aires, áspero aroma de combustible, de humedad, de lo añoso, que se cuela por los poros, te asalta, te empuja, se incorpora como nueva sangre, como ingrediente de la nueva respiración.

En busca del Hotel Patagonia, el taxi transita las vetustas calles de una ciudad que se despereza. A la vera, enormes edificios custodian como fantasmas la calle Suipacha, moles grises como la gente que -cansinos unos, afiebrados otros- comienzan la jornada del sábado que emerge. Alcanzamos a ver a pocos metros el Obelisco, la gran 9 de Julio, la calle Corrientes que amanecía en sinfonía de pisadas y escasas luces trasnochadas. Esa noche quisimos tocarlo todo, debutar nuevos ojos y nuevas vivencias. Los bares repletos, Lavalle peatonal, sendero interminable de cines; Florida en flor, Diagonal tajeando la simetría, el Bajo atestado de boliches dudosos y una imagen aún imborrable: a eso de las doce de la noche un Citröen repleto de chicos dando "al vicio” innumerables vueltas a un Obelisco solitario, escena hoy impensable.

Ese grupito de provincianos sencillos que éramos, jamás podría imaginar que tres años después estos dos muchachitos volverían a sembrar su música a una Buenos Aires un poco distinta, a nutrirse de sorpresas, a recibir desde el primer día el saludo de la gente que los reconocía en la calle, porque una Televisión con 50 puntos rating los había catapultado rápidamente; que grabarían en dos de los sellos más importantes del mundo; que mi padre partiría temprano y no podría verlos recibir más de 60 premios y distinciones en todos lados; que podríamos seguir pariendo zambas y valses, para que una noche en vela (porque al día siguiente grabábamos), alguien pasara silbando por calle Suipacha una de nuestras canciones alumbradas en esos días de casi niños; saber que la vida, por encima de las circunstanciales penas, nos redime, nos sorprende, nos señala claveles para atesorar felicidades; que las sombras iluminan tanto como las antorchas, que las ausencias sirven para reconocernos en un pasado donde aceptamos el desafío prodigioso de construir quimeras, de recrearnos a cada minuto, para que un día lo ausente también sea compañía.

(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.