Con el Domingo de Ramos damos inicio a la Semana Mayor en la cual haremos memoria y actualización del misterio central de nuestra fe. Comenzamos a vivir siete días en los que debiera primar la serenidad, la meditación, y el viaje más importante que debemos realizar con cierta periodicidad, es decir, hacia el interior de cada uno, buceando en la intimidad del alma hasta que descubramos a Aquel que nos creó sin nosotros, pero que no nos salvará sin la colaboración nuestra. Un día un viajero se acercó a tres hombres que se encontraban trabajando en una cantera. Preguntó al primero: "¿Qué estás haciendo?" "Ya ves -respondió-, aquí, transpirando brutalmente y esperando a que lleguen las ocho para irme a mi casa" "¿Qué es lo que haces tú?", preguntó al segundo. "Yo -dijo- estoy aquí ganándome mi pan y el de mis hijos" "Y tú -preguntó al tercero- ¿qué es lo que estás haciendo?" "Estoy construyendo una catedral" respondió. Esta enseñanza se aplica de modo adecuado a nosotros mismos y a muchos de nuestros contemporáneos. Así es como estos tres hombres podían picar las mismas piedras, pero mientras uno las convierte en sudor, otro las vuelve pan y un tercero en eternidad.

Dios nos concede a todos, vivir estos próximos días, pero debemos convertirlos en jornadas santas de una Semana que es "sagrada" por excelencia. Para algunos serán tal vez días de vacaciones, aprovechando promociones turísticas y "paquetes" de excursiones. Para otros, se transformarán en jornadas de agotadora extroversión. Es de esperar que sean muchos los que aprovechemos estos días santos para transformarlos en una fuerte experiencia de eternidad.

En este domingo celebramos el ingreso triunfal de Jesús en Jerusalén, acontecimiento mesiánico por excelencia. También es el domingo en que la liturgia eucarística nos invita por primera vez -casi como para prepararnos al viernes santo- a contemplar, como afirmábamos al inicio, la Pasión del Señor. Asistimos a descubrir cómo la multitud que hoy lo acompaña al Maestro en su entrada a la ciudad santa de Jerusalén, pasa casi sin transición, desde el "Hosanna" triunfal, al humillante y posterior: "Crucifíquenlo". Por eso a la celebración hodierna se la denomina "Domingo de la Pasión del Señor", es decir, de la página más desconcertante de la historia de la salvación. ¿Qué salvación? La tuya, la mía, la nuestra.

El Inocente, el Dios hecho hombre, sube a la desnudez de la cruz, para enseñarnos desde esa elocuente cátedra, el valor del auténtico servicio que se despoja de toda arrogancia haciéndose pobre y próximo. "Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz" (Fil 2,6-8). Era el único que no merecía padecer ese sufrimiento y sin embargo lo asumió. Gratuidad absoluta, locura de la cruz, escándalo para los judíos, necedad para los paganos. Hoy la Iglesia nos invita a fijar nuestra mirada en el Cristo colgado de la Cruz, de modo tal que el Domingo de Pascua lo podamos contemplar caminando a nuestro lado como Resucitado, tal cual lo hizo con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,15).

Él podía habernos salvado con una sonrisa, un simple gesto o una fugaz palabra. Cualquier acción que él realizara poseía un valor infinito, por eso no era necesario que lo hiciera a través del derramamiento de sangre. Pero quiso darse de ese modo para donarse totalmente, sin reservarse absolutamente nada. Dirá Orígenes (185-254): "Abraham ofreció su hijo mortal que no muere, mientras que Dios da a su Hijo inmortal que muere". Esta es la "locura" de un Dios que por sus criaturas es capaz de cometer esta locura y muchas otras, con tal de salvar su obra de arte: el hombre. Por eso dirá el apóstol Pablo: "la locura divina es más sabia que los hombres, y la debilidad divina más fuerte que los hombres (1 Cor 1,25). Padeció porque "el amor es pasión", dirá también el teólogo griego Orígenes. Es que amar significa apasionarse y padecer. Como afirma san Agustín: "Quien ama de más, debe prepararse a sufrir más". Morir en la cruz es "cosa" de Dios, y revelación de su corazón divino. Muchos le gritaban: "si eres Dios, baja de la cruz". Pero sólo un Dios que no baja de la cruz, que representa a todos los abandonados, desolados, pobres y sufrientes del mundo, es verdadero Dios. La fe es abandonarse en el Amor abandonado.

No preguntemos por qué Dios permite el mal, el dolor, el sufrimiento, la muerte. Miremos la Cruz. Ante este misterio insondable de iniquidad, no hay respuestas de palabras humanas. Sólo el silencio de la adoración puede admirar con temor y temblor, propios del estupor creyente, este altísimo misterio del dolor que cuando queda imbuido por el Amor, se transforma en signo de redención.