Ya estás con los noventa a pulso, y no es poca cosa sostener con palabras de viento tanto equipaje, querido Jorge Leónidas Escudero. El tiempo es una ilusión inútil si no lo llenamos de vida. La vida es un sueño muerto si no nos proponemos alguna obra para agradecerla.

Una vez, en este diario, escribí de vos: "No me acuerdo cómo lo conocí. Sí tengo en cuenta que me pareció conocerlo desde siempre. Su humildad me paralizó, esa divisa que caracteriza a los personajes en serio. Desde entonces lo leo, disfruto y admiro. Ha expresado cosas maravillosas que todos podemos sentir, pero que él supo decir con sus balbuceos de luces y amores desangrados".

Han pasado lúcidos años desde entonces, lúcidos si de vos se habla. Aguas de cobre crepuscular y puentes donde siempre soñará una niña, se han abrazado al tiempo incontenible para homenajearte, "Chiquito". Estas, tus calles sanjuaninas encaminan poemas bajo tu figurita antorcha, cuando la tarde se encoge y las aceras se moldean a modo de pájaros, y cantan para no morir jamás. La belleza nos conmueve y prolonga cuando un poeta como vos le ha dado tantos argumentos y esperanzas. (Hay que amar mucho a la vida para homenajearla con tantas versiones, para regalarle tantos vestidos).

Ya llevas los noventa amamantados a luces, meciéndose orgullosos en tus brazos de minero triste y hombre jamás vencido. La esperanza sustenta y defiende a los poetas; sino, ¿cómo es posible que sigan descifrado obstinadamente la vida -ese enigma a veces tan duro- a partir de imágenes acuñadas en cristales infinitos, en idioma de gorjeos, en espejos de amores? El único misterio que nos puede desvelar a quienes escribimos es el por qué llega de pronto un resplandor, y podemos decir cosas que vienen de paraísos y sueños, y hacerlo como si fuera nuestro idioma de siempre.

El poeta es ese contorno diáfano y sonoro que pasa por la vida sin intentar definirla o redondearla, pero es uno de los pocos seres que se anima a decirla en dialectos infinitos, quizá por eso es útil para entender la magia y lo insondable. Un poema -su niño- no cabe en ninguna cuna ni se ajusta a casa alguna; su libertad es su esencia, sus alas su eternidad.

Gracias, "Chiquito", por tu postura ante el hombre y la lágrima, por tu forma de endulzar las piedras, por tu rebelión ante la frase convencional, por tu sencillez en flor y tu virtud para poder amarrar el viento con poemas y derribar montañas con quimeras.