Es sabido que la costumbre de bautizar los niños es relativamente tardía. Recién comienza a generalizarse, al menos en Roma, a partir del siglo VI. Salvo excepciones, la Vigilia Pascual, era el gran día de los bautismos, para los que durante años se preparaban a recibirlo. El Sábado Santo, en la catedral, se realizaba el bautismo. Vestidos de blanco, de "cándido" y por ello llamados "candidatos", vivían exultantes toda la Octava de Pascua, es decir, desde el día de Pascua hasta el domingo de hoy. Era un espectáculo verlos caminar con sus túnicas brillando de limpias por toda la ciudad. Es desde entonces y hasta hace poco que este segundo domingo de Pascua se llamó "Dominica in albis", "Domingo de blanco". Al día siguiente, los candidatos deponían sus albas blancas y volvían al mundo. Debían introducir en su vida diaria la nueva luminosidad que se les había comunicado.

En 2000, el Siervo de Dios, Juan Pablo II decretó que el Segundo Domingo de Pascua sea llamado "Domingo de la Misericordia". He aquí lo que Jesús dijo a Sor Faustina Kowalska: "Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de mi Misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de sus culpas y de sus penas" (Diario 699). El evangelio de hoy es el de la narración del encuentro del apóstol Tomás con el Señor Resucitado: al apóstol se le concede tocar sus heridas, y así lo reconoce, más allá de la identidad humana de Jesús de Nazaret, en su verdadera y más profunda identidad: "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20,28). El Señor ha llevado consigo sus heridas a la eternidad. Sus heridas son para nosotros el refugio seguro y el signo de que nos comprende y perdona siempre. Santo Tomás de Aquino señala que Dios es omnipotente, no por el poder o la fuerza que tiene, sino por la misericordia y la compasión que siempre ofrece. Es conocida la recepción que Jesús reserva a los pecadores en el evangelio y la oposición que ello le procuró por parte de los defensores de la ley, quienes le acusaban de ser un "amigo de publicanos y pecadores" (Lc 7,34). Uno de los dichos históricamente mejor atestiguados de Jesús es: "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mc 2,17). Sintiéndose por él recibidos y no juzgados, los pecadores le escuchaban gustosamente.

El poeta francés Charles Péguy decía que cuando alguien se extravía, el corazón de Dios tiembla. Qué maravilla pensar que Dios no es indiferente a nuestras angustias y extravíos. El no hace trivial el pecado, pero encuentra el modo de no alejar jamás a los pecadores, sino más bien atraerlos hacia sí. No ve en ellos lo que son, sino aquello en lo que se pueden convertir si son tocados por la misericordia divina en lo profundo de su miseria y desesperación. No espera a que acudan a él, sino que es él quien sale a buscarles. "Los seres humanos, decía san Agustín, somos como vasos de arcilla, que solo con rozarse se hacen daño". No se puede vivir en armonía, en familia y en cualquier otro tipo de comunidad, sin la práctica del perdón y la misericordia recíproca. Misericordia es una palabra compuesta por "misereo" y "cor"; significa conmoverse en el propio corazón por el sufrimiento o el error del hermano. Es así que Dios explica su misericordia frente a las desviaciones del pueblo: "Mi corazón está conmovido, y a la vez se estremecen mis entrañas" (Os 11,8). Se trata de reaccionar con el perdón y, hasta donde es posible, con la excusa, no con la condena. Cuando se trata de nosotros, vale el dicho: "Quien se excusa, Dios lo acusa; quien se acusa, Dios lo excusa". Cuando se trata de los demás ocurre lo contrario: "Quien excusa al hermano, Dios lo excusa a él; quien acusa al hermano, Dios lo acusa a él". El perdón es para una comunidad lo que es el aceite para el motor. Si uno sale en coche sin una gota de aceite en el motor, en pocos kilómetros todo se incendiará. Como el aceite, también el perdón resuelve las fricciones y habría que recordar que en ciertos casos "es más importante perdonar que querer tener razón". Lytta Basset es una docente de teología protestante en la Universidad suiza de Ginebra, autora de varios libros, uno de los cuales trata el tema del "poder de la compasión". Pueden parecer dos términos contradictorios, pero es que la compasión y el perdón tienen la fuerza de resucitar. La alegría y la fuerza proceden de la compasión porque es una resurrección del corazón y de los vínculos, permitiendo que el prójimo, incluso aquel que nos hizo daño, pase a ser y a estar "cercano" a nosotros.