Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: "Yo soy el pan bajado del cielo\’\’ Y decían: "¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: "Yo he bajado del cielo?"" Jesús tomó la palabra y les dijo: "No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día\’\’. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo\’\’ (Jn 6, 41-51).
En el cuarto evangelio, el de san Juan, "los judíos\’\’ no son los hebreos. Con este término el evangelista no quiere referirse al pueblo hebreo, sino a aquellos de todos los tiempos y que se oponen a Jesús. Este término no tiene un significado étnico, sino tipológico. En la Sagrada Escritura el verbo "murmurar\’\’ no tiene el significado que encontramos en las lenguas modernas: "hablar mal\’\’, "litigar\’\’. Indica en cambio, la oposición a Dios y a los intereses de él. Frente a la murmuración se encuentra la fe. Ésta, en el evangelio de Juan significa "ir hacia él\’\’, por atracción, no por imposición. De hecho, tres veces habla de "ir hacia él\’\’: "Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió\’\’ (6,44). Es la atracción propia del amor. La Eucaristía es el Sacramento del amor, como lo llama Santo Tomás de Aquino, (Summa Theologiae, III, q. 73, a. 3). Es que en este admirable Sacramento se manifiesta el amor "más grande\’\’, aquel que impulsa a "dar la vida por los propios amigos\’\’ (Jn 15,13). Pero además, "es el misterio por excelencia de nuestra fe y que supera toda comprensión humana\’\’ (Benedicto XVI, Exhort. Apost. "Sacramentum caritatis\’\’, n. 6). Los santos han sido los hombres y mujeres "atraídos\’\’ por el amor de un Dios que se hace pan que "da la Vida eterna\’\’. Quisiéramos poner como ejemplo de vida eucarística, un empresario argentino que se encuentra en proceso de canonización, y por quien el Papa Francisco siente una gran admiración. Se trata de Enrique Shaw. Nació en Francia en 1921, de padres argentinos. A la edad de cuatro años su madre falleció por lo que su ausencia la compensó con un profundo amor filial a la Virgen María. Fue alumno sobresaliente del Colegio "De La Salle\’\’. Por su conducta y desempeño en el estudio siempre figuró en el primer puesto del Cuadro de Honor. Pero lo que más lo distinguía era su profunda fe religiosa, participando de la comunión diaria.
A pesar que su familia contaba con mucho dinero, renunció al confort de esta situación. Ingresó a la Escuela Naval en donde transmitió un extraordinario testimonio de fe. En 1943 se casó con Cecilia Bunge con quien tuvo nueve hijos. En 1945, Enrique fue enviado por la Marina, junto a otros dos compañeros, a la Universidad Estatal de Chicago en Estados Unidos. Cuando ya su familia estaba constituida y su carrera profesional estaba en ascenso, decidió dar un cambio de rumbo a su vida. Enrique advirtió que Dios le pedía un apostolado específico. Un sacerdote amigo lo animó a que evangelice en el mundo empresarial. De vuelta a la Argentina llegó a ser director en Cristalerías Rigolleau. En este trabajo Shaw estableció una relación muy personal con los obreros, quienes lo apreciaban mucho. "Virtudes del empresario son: eficacia, energía e iniciativa. El empresario ha de ser Cristo en la empresa\’\’, anotaba Enrique Shaw en su libreta personal. "Es indispensable mejorar la convivencia social dentro de la empresa. Importa mucho que el dirigente de empresa sea accesible. Hay que humanizar la fábrica. Para juzgar a un obrero hay que amarlo\’\’, sostenía.
A pesar de sus múltiples actividades se daba tiempo para la Misa diaria. Fundó la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE). Participó en la Acción Católica, en el Movimiento Familiar Cristiano. En 1957 se le detectó un cáncer incurable y poco a poco su salud fue decayendo. Sin dejar su actividad familiar, laboral y apostólica, afrontó grandes padecimientos y delicadas operaciones. En un momento en que fue internado en el hospital, el empresario necesitaba transfusiones de sangre y fueron los mismos obreros quienes hicieron fila para donarle, lo que lo llevó a decir: "Ahora soy feliz porque por mis venas corre la sangre de Cristo en la Eucaristía y la sangre de mis obreros\’\’.
