Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: "Yo soy el pan bajado del cielo” Y decían: "¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: "Yo he bajado del cielo”? Jesús tomó la palabra y les dijo: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo" (cf. Jn 6,41-51).

La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación. Esto es lo que produce escándalo en los judíos que escuchan a Jesús afirmar que él es el "pan bajado del cielo”. Es un pan increíble porque sin fe no se puede comer. Quien viajando por Italia, recorra la Toscana y obligadamente visite Siena, más allá de su catedral y de su famosísima plaza donde se realiza anualmente la carrera del Palio en honor de la Asunción, no debe dejar de acercarse a la "Chiesa di San Francesco”, que aún desde el punto de vista artístico posee notables obras de arte, entre otras cosas bellísimos frescos de Pietro y Ambrogio Lorenzetti. Pero lo que atraerá especialmente la atención del católico es la segunda capilla del brazo derecho del crucero llamada Capilla "Piccolomini Saracini”, por la familia que la donó, más conocida como la Capilla del Sacramento. El 14 de agosto de 1730 fue robado de esta iglesia un copón que contenía 351 hostias consagradas. Al descubrirse el hurto, fue tal el malestar de la cristiana población de entonces, que hasta, en una decisión sin precedentes, se suspendió la carrera del Palio. Tres días después, en una cajita para las limosnas de la Colegiata de "Santa María in Provenzano”, a poca distancia del templo, aparecieron todas las hostias. Trasladadas por el obispo en solemne procesión expiatoria otra vez a la Iglesia de San Francisco se las adoró unos cuantos días en reparación por el sacrílego acto. Luego se guardaron, ya que no se podían consumir porque la alcancía en la cual habían sido arrojadas estaba llena de telas de araña y suciedad, por lo cual pese a los intentos de limpiarlas, razones de higiene desaconsejaban comulgar con ellas. Convenía dejar pasar el mes que, en el clima de Siena, era necesario para que se corrompieran. Sin embargo, con el paso del tiempo, estas 351 hostias fueron olvidadas y solo casi cincuenta años después se descubrió que habían permanecido absolutamente intactas hasta en su aspecto; no habiendo cambiado ni siquiera de coloración: tan blancas como cuando recién fueron hechas.

Es allí cuando se las coloca en una píxide de cristal y se las ubica definitivamente en la Capilla Piccolomini Saracini. Allí, aún hoy, casi tres siglos después, se mantienen tan frescas como en su primer día. En realidad, de las 351 hostias se conservan en nuestros días tan solo 223, por las tantas pruebas que se hicieron con ellas para comprobar su tersura y su sabor. Últimamente se las ha sometido a análisis químicos y microscópicos para comprobar no solo que se trata de hostias comunes de harina de trigo, sino que asombrosamente permanecen absolutamente incontaminadas, carentes de carcoma, ácaros, mohos o cualquier otro parásito animal o vegetal propios de la harina de la cual están compuestas. Lo curioso es que, en cambio, la píxide de vidrio que las guarda debe ser limpiada periódicamente porque sí se llena de polvo y moho. Se podrá pensar que es un pequeño signo, entre tantos que han rodeado siempre el misterio eucarístico: la hostia transformada en tejido de miocardio humano en el santuario de Lanciano, Chieti; los famosos corporales de Bolsena en Italia o Laroca en España; las hostias sangrantes que se guardan en el altar de la Sagrada Hostia en El Escorial; o las incorruptas también desde 1597 en Alcalá de Henares, y tantos otros fenómenos inexplicables, como si Dios quisiera avalar aquello casi increíble que creemos por la fe, con estas llamadas de atención que, sin duda, no convencerán nunca a quien no quiera creer, pero ayudarán sensiblemente a aquellos a quienes nuestra inteligencia y convicción, más la gracia de Dios, nos han hecho creyentes. Ni siquiera el teólogo más convencido por sutiles argumentos de la doctrina de la Eucaristía, desdeñará estas manifestaciones de Dios que respaldan lo que afirman nuestra fe, y que sirve a ella en los sencillos y simples de corazón. Santa Teresita de Lisieux ha dejado maravillosos testimonios sobre la Eucaristía, como cuando dice recordando el día de su primera comunión: "Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma! Fue un beso de amor. Me sentía amada y decía a mi vez: "Te amo, y me entrego a ti para siempre”.