Después de casi tres décadas, la Nación tiene un Ministerio de Agricultura, casi una paradoja en un país que creció gracias al potencial del campo.
Se trata de un giro político trascendente de Cristina Fernández de Kirchner y un gesto que debe valorar la dirigencia agropecuaria. El rango ministerial de la ex Secretaría de Agricultura, fue reclamado por la Mesa de Enlace del campo, que acordó reunirse mañana con el nuevo ministro, Julián Domínguez, en otra buena señal para dejar de lado las desinteligencias que causan tanto daño a la economía.
Claro que habrá que esperar cuál será el radio de acción de Domínguez, en un gobierno caracterizado por la falta de autonomía ministerial y superposición de poder. Tampoco se ha definido una política de Estado para el campo, ya que primero se debe tener la partitura para luego escoger el instrumento que la ejecute. Hasta ahora esa política la marca el matrimonio presidencial y la imponen el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, y el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, en tanto los mercados agropecuarios siguen intervenidos por la ONCCA, denunciada por corrupción.
Por estas incongruencias autoritarias se frustraron las buenas intenciones de los ex secretarios Miguel Campos, Javier De Urquiza y Carlos Cheppi. Tampoco cierra el hecho de que la secretaria de Integración, María del Carmen Alarcón, designada para intervenir en el conflicto rural, dependa de la Jefatura de Gabinete.
Los tiempos del agro son puntuales y los hechos dirán si esta vez, al fin, se tomó el camino correcto.
