Desde que se empezó a investigar los mecanismos de varios trastornos mentales y físicos, la palabra "’estrés”, que hace varias décadas significaba "’tensión”, "’esfuerzo” etc., pasó a dominar uno de los más extendidos males de nuestra época y más difíciles de definir. Según algunos científicos, es el precio del desgaste causado por la vida, algo así como el inevitable costo que debe pagar cada individuo para trabajar, sufrir, amar o simplemente por existir.
La vaguedad de esta afirmación se corresponde con la dificultad que entraña fijar límites precisos al estrés y que no obedece a ninguna causa particular; es el común denominador de todas las reacciones de adaptación del organismo, por eso un disgusto familiar, el enloquecido tránsito de la ciudad, los problemas del trabajo, una jornada muy activa, discusiones etc. activan en mayor o menor medida los mecanismos del estrés.
No es una primicia del siglo en que vivimos, se trata de un fenómeno normal y corriente que el ritmo de vida actual exacerba y azuza permanentemente a los individuos al borde de situaciones límites causando diferentes disturbios. Una de las características es su capacidad para afectar la estabilidad psíquica sin que atinemos a explicarnos claramente la causa. En este sentido la responsabilidad recae en las reglas de juego consagradas por el orden vigente; es el principio de la competencia personal, conservar los bienes materiales, la marcha de la empresa, el desarrollo de la vida como profesional, sea abogado, médico o ingeniero, el mantenimiento del hogar, problemas de orden familiar, la situación económica o financiera cargan a los individuos como si fueran pilas de alto voltaje.
Esta máquina así dotada, tiene por resultado directo un aumento constante de tensiones que se unen y se funden con esas fuentes de perplejidad e inquietud como las que surgen de la contradicción entre los valores postulados y las realidades amargas que se cosechan en el campo de la vida. Este panorama torna escasa la posibilidad de evitar los efectos del estrés. La única receta más o menos eficaz es tratar por el tamiz del raciocinio todos los inconvenientes que se presentan: reflexionar y aceptar que hay principios, valores y objetivos superiores que siempre vale la pena poseerlos delante de las preocupaciones y agobios.
(*) Escritor.
