El viento llamaba a silencio aquella mañana en Tudcum. Era el sepelio de don Roque Castillo, un hombre de Frontera, un caminante; un hombre que vivió en el límite y al límite de todas sus vidas en la vigilia del pan.

Un hacedor de caminos en las altas cumbres del Agua Negra, de azadón al hombro en el valle y atizador del fuego en las blancas noches de los ventisqueros. Los álamos prestaban rigurosa formación en la despedida final por esas calles y esos tapiales del pueblo que tanto amó, testigos de los siglos.

Don Roque no esperó el Día del Camino, quizás por que sabía que todos los días en la Cordillera, se celebraba cada tramo ganado a las montañas, a los glaciares.

Lo conocí en el campamento base de Vialidad Provincial en Arrequintín. Llegué allí -década del 60- como fotógrafo contratado por la repartición y por encargo del diario Tribuna, con la misión de registrar el paso de camiones que transportaban ganado vacuno hacia Chile. Estuve 3 días esperando ese momento, tiempo suficiente para compartir almuerzos y cenas con todo el personal que se desempeñaba en la zona y, por supuesto a don Roque Castillo.

Debo acotar que el entonces presidente de Vialidad, ingeniero Miguel Yolando Carmona tenía especial interés en demostrar las bondades de las obras de la nueva ruta, de la que fue el primer enamorado y le dio gran impulso.

Cuando se inauguró el paso don Roque estuvo presente pero no cortó la cinta ni pronunció un discurso, porque al igual que el soldado de las guerras el era el hombre vial desconocido, como los son aquellos que participan abriendo vías de comunicación entre los sanjuaninos.

Pasaron los años y un día, por consejo médico fui a recalar cual botella al mar en las verdes playas de Tudcum. Se presentaron algunos cuadros de salud consecuencia de las urgencias del periodismo.

El reencuentro con don Roque fue toda una fiesta de la amistad, esa que no se cotiza y no tiene plazos fijos, solamente exige el corazón en la mano. No obstante disponer de alojamiento con mi familia en ‘La Colonia”, la hospitalidad de los Castillo nos hizo disfrutar de esas mañanas de pájaros, de brisas con perfume de ciruelos, de manzanares y de glicinas; de mates con quincha malí y ‘quesillo” de cabras criadas en Chumanja; leche de vacas ordeñadas por doña Tomasa, manzanas de Manolo Godoy y dulces caseros de doña Lucinda, su hacendosa esposa o cordero asado en lo de Onorte Godoy, en el oasis de Chilín Chin, y algunas noches cantando a dúo con Atilio Díaz pulsando la guitarra, otro hospitalario caminero vial, mientras Gabino Aguilera construía lo que sería mi lugar en Tudcum.

El 14 de mayo de 1995 DIARIO DE CUYO publicó gentilmente una nota de mi autoría titulada ‘La historia de Mauro, el príncipe de las cumbres” y que define la personalidad humanitaria de don Roque Castillo. Se trata de una guanaco que encontró en la cumbre del Colorado huérfano y moribundo. Al respecto reproduciré los siguientes párrafos: ‘Se asomó ya sin fuerzas por entre las jarillas antes de caer. Fue en ese momento, como si Dios hubiera guiado a uno y a otro, que lo vió un caminante de la Cordillera, don Roque Castillo, hombre de Tudcum un anónimo servidor vial. Don Roque había pasado casi toda su vida en el campamento de Vialidad Provincial en Arrequintin y conocía el paso al vecino país cuando aún era una huella. Es un respetuoso de la montaña y de sus códigos. En lugar de tomar un arma y rematar al pequeño guanaco como lo hubiera hecho un matador de la fauna y la flora, que cree ver un enemigo en un animal indefenso o en un árbol, don Roque le tendió sus brazos. Para el inocente habitante de todos los horizontes ese gesto humano que reivindica al hombre, fue un regreso a la vida; sintió el calor del amor y el respeto a su nobleza.

Fue así que don Roque con su esposa, Elma Quilpatay y sus hijos, sostuvieron al animalito y lo llevaron a Tudcum a la casa solariega y generosa, para mas dato pasando la calle Triste. Habían agregado un hijo adoptivo y como tal le pusieron el nombre de Mauro. En lugar de un corral, tuvo un potrero a su disposición. En realidad, un espacio muy grande para su infancia, por eso prefirió caminar por el patio, por el callejón y por las habitaciones de la casa”.

Se fue don Roque de la vida. Lo velan las estrellas…