Las estrellas recorren sus caminos inmutables y, en este sentido, representan el orden del universo. Si aparecía repentinamente una estrella más brillante que las demás, si el orden eterno de los cielos era quebrantado por un fenómeno especial, se interpretaba como que Dios mismo estuviera irrumpiendo en su orden para anunciar algo.
En la literatura extrabíblica se menciona tal estrella de Belén. San Ignacio de Antioquia, padre apostólico (95 d.C.), en una de sus cartas, se refiere a la estrella de Belén como "un astro brillaba en el cielo más que todos los restantes, su situación era inexplicable, y su novedad causaba asombro. Los demás astros, junto con el Sol y la Luna, formaban un coro en torno a este nuevo astro, que los superaba a todos por su resplandor. La gente se preguntaba de dónde vendría este nuevo objeto, diferente de todos los demás".
En el llamado proto evangelio de Santiago, escrito apócrifo del año 150 dice: "una estrella indescriptiblemente grande apareció de entre estas estrellas y las deslumbró de tal manera que ya no lucían y así supimos que un rey había nacido en Israel".
El exegeta del siglo III Orígenes comentó: "Yo creo que la estrella que apareció en Oriente era de una especie nueva y que no tenía nada en común con las estrellas que vemos en el firmamento o en las órbitas inferiores, sino que, más bien, estaba próxima a la naturaleza de los cometas… Así pues, si es cierto que se vieron aparecer cometas o algún otro astro de esta misma naturaleza con ocasión del establecimiento de alguna nueva monarquía, o en el transcurso de algún cambio importante en los asuntos humanos, no debemos extrañarnos de que haya aparecido una nueva estrella con ocasión del nacimiento de una persona que iba a originar un cambio tan radical entre los hombres".
Desde el punto de vista científico se han intentado dar distintas explicaciones mediante estudios astronómicos. La primera explicación natural de este fenómeno fue dada por el astrónomo alemán Johannes Kepler en 1614. Kepler determinó que una serie de tres conjunciones de los planetas Júpiter y Saturno (un hecho muy poco frecuente) ocurrieron en el año 7 a.C. y relacionó este hecho con la estrella de Belén, pero cálculos modernos han demostrado que en esa ocasión los dos planetas no se acercaron lo suficiente como para impresionar a los observadores. De hecho, un antiguo almanaque inscrito en una tabla de arcilla hallada en Babilonia sugiere que los astrólogos de la época no le dieron demasiada importancia a ese evento.
Se ha pensado en un cometa. Cuando se estudió por vez primera la órbita del cometa Halley, hace unos 300 años, se pensó que podía haber sido la "estrella de Belén"’. Un periodo estimado de 76,5 años hacía coincidir con el año 0. Posteriores comprobaciones demostraron que, durante estos dos milenios, la duración de su órbita alrededor del Sol fue de casi 77 años. Los chinos avistaron el año 12 antes de Cristo un cometa que hoy con absoluta seguridad se sabe que coincidía con el Halley. La conclusión es que no tiene sentido que los Magos se pusieran en viaje unos siete años antes de nacer Jesús (se estima que la Natividad se produjo entre los años 5 o 6 a.C.) y menos para seguir a un fugaz cometa que no marcaba de forma continuada el camino.
Otros han pensado que podría tratarse de una supernova, es decir, de una estrella muy masiva que aumenta de manera brusca su luminosidad: imposible que pase inadvertida en el firmamento. Esta propuesta fue de astrónomos chinos, sugirieron que podría tratarse del pulsar PSR 1919+10, habría explotado sólo hace 2000 años, pero no ha dejado rastros en el firmamento, no se ven huellas de una envoltura gaseosa que haya expandido con el tiempo. Lo cuál hace poco sostenible esta teoría.
El astrónomo Michel Molnar sostiene que podría haber sido una doble ocultación de Júpiter tras la luna en el año 6 a.C en Aries. Unas monedas romanas celebran este evento con la aparición de Júpiter (una estrella para los sabios de la época) sobre la constelación del nuevo rey.
Entre el año 5 y 2 a.C se produjo también otro fenómeno astronómico poco común. Durante estos años la estrella Sirio, conocida por los egipcios como Mesori, se asomaba sobre el horizonte a la hora de la puesta del Sol, y brillaba durante un rato con un resplandor espectacular. Mesori significa en egipcio "el nacimiento de un príncipe", para aquellos astrólogos de la antigüedad este fenómeno poco común, habría significado, indudablemente, el nacimiento de algún gran rey.
La enseñanza bíblica no busca un fin científico o astronómico sino un fin teológico espiritual. La estrella quiere indicar que un gran acontecimiento está pasando en el mundo. Una gran persona ha nacido, un gran Rey llegó a nosotros.
(*) Párroco de Santa Rosa de Lima (25 de Mayo).
