En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu impuro, y se puso a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? Sé quién eres: el Santo de Dios". Jesús lo increpó: "Cállate y sal de él". El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: "¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen" (Mc 1,21-28).
El evangelio de hoy presenta a Jesús que llega a Cafarnaúm, el poblado en el que más milagros hizo, y sin embargo donde menos gente creyó. Es que para creer no hay que buscar los milagros del Señor, sino al Señor de los milagros. También se describe aquí una jornada de su vida entre los hombres. Ante todo se subraya el estupor que la gente experimenta frente a la Palabra divina. Todos dicen: "Habla de una manera distinta a los demás. Habla como quien tiene autoridad". En efecto, la palabra revela a la persona, y con el paso del tiempo se advierte cuando la palabra sale del corazón, y cuando es en cambio, un fingimiento. La gente percibe en Cristo una palabra nunca escuchada antes. Cristo habla y suscita admiración. Lo logra porque su palabra no es mentirosa ni hipócrita. Escuchar es el acto más humilde, pero también el más sabio. Hay personas que con sus palabras sólo buscan vencer al otro pero no convencer. No convencen porque son falsas. Por eso generan un "no" en quienes las escuchan. Lo dijo J. Mohana: "La oración más fuerte que Dios pueda escuchar es un ‘sí’". Las palabras de Jesús han sido gestadas siempre en el silencio. Habría que seguir su método. Con razón decía Ernest Hemingway: "Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar". Se podría complementar con una frase de Charles Peguy: "Nunca juzgo a un hombre por lo que dice, sino por el tono con que lo dice", o con aquello de Pitágoras: "Más le vale a un hombre tener la boca cerrada, y que los demás lo crean tonto, que abrirla y que los demás se convenzan de que lo es".
Jesús no sólo suscita admiración por sus palabras, sino también con sus obras. Por esto es que el evangelista Marcos presenta un milagro de curación, y más exactamente, de liberación de un endemoniado. Según el evangelio, el demonio no es un símbolo, sino una persona real y orientada libremente contra Dios. Es un ser pervertido que pervierte. Pablo VI decía que: "El mal no es sólo una deficiencia sino una eficiencia; es un ser vivo, espiritual, pervertido y perverso. Terrible realidad". Al año de haber sido ordenado sacerdote tuve que hacer un exorcismo en un barrio de San Juan, y jamás olvidaré esa experiencia. La persona estaba fuera de sí, y ni qué decir cuando recité la fórmula del ritual para expulsar el demonio de ese joven. No describo la realidad de lo que estaba viviendo ese muchacho porque era impresionante. Creo que lo que vi en la película "El exorcista", en 1973, era una descripción real de lo que es un exorcismo. Ese film, dirigido por William Friedkin, basado en la novela de William Peter Blatty, relata los fatídicos hechos de la posesión diabólica de Regan Mac Neil, una niña de doce años, y del exorcismo al que más tarde fue sometida. El autor de la novela explicó que el argumento se inspiró en un hecho verídico sobre el que empezó a trabajar cuando aún era estudiante universitario. El hecho fue un exorcismo ocurrido en 1949, del que informó el diario "The Washington Post". En el caso real, la persona poseída era un niño de catorce años que sufrió alteraciones en su personalidad, por lo cual se le practicaron varios exorcismos en un lapso de tres meses. Muchos afirman que el demonio no existe, y en ciertos aspectos resulta cómodo mantener esa postura. Aquellos que no creen en la existencia del demonio deberían saber que uno se enferma aunque no crea en la enfermedad. En el evangelio se observa que Cristo es el vencedor de Satanás. Él con su palabra le quita su indiscutible poder sobre el hombre. Su muerte y resurrección han destruido el señorío del diablo: "Ahora el príncipe de este mundo será arrojado afuera" (Jn 12,31). Aferrándose a Cristo, el hombre no debe temer a Satanás. Éste no es más que una criatura que libremente se ha encerrado en el orgullo y en la rebelión. Pero siempre será una criatura, no una divinidad. Vivir "en" y "con" Cristo es vivir un camino liberador. El demonio es aquel que nunca puede amar. En cambio, Cristo es el que sólo sabe amar, por eso libera y salva.
