El campo es una ciudad abierta. Torres dóciles de álamos han erigido un barrio donde sólo habitan pájaros. El faro imprescindible del sol protege el rumbo y los sueños de carretelas, arados y labradores. Será imposible el naufragio ni el abordaje de piratas; los alumbramientos de La Pacha Mama son demasiado puros para estas calamidades; todo lo que nace bajo su aliento es vida y sueños.
Veo a lo lejos el rumbo cansino de una bicicleta, como un poema diseñado por una adolescente. Acá el frío o el calor no son más que eso, porque la simplicidad se encargó de respaldar las sensaciones y permitirles autenticidad. Pero también los sentimientos son más tangibles, porque el campo es una guerra imposible, una ciudad de terrones de gleba, un destino ineludible donde las luchas y las tristezas se erigen en pan natural junto a los disfrutes. En el campo todo es más simple, como simple es la voz de Cristo que proclamó bellezas como flores silvestres; o la sonrisa de un abuelo que resume lo mejor de su itinerario; o un verso de Benedetti, que puede ser comprendido por todos.
Un primo que construyó su niñez y adolescencia en Médano de Oro bendecido por el silencio esencial del campo, siempre me recordaba que lo lastimaba el ruido de la ciudad, que le costaba horrores establecer su vida en ese bullicio enrarecido de incongruencias y lastimado de ausencias. Solito y de golpe se fue joven de este mundo, el "’Pelado”. Yo lo imagino tras la reja de un arado, silbando una tonada, persiguiendo el viento otoñal, fresco, frutal, feliz, enredado en volantines de su niñez buscando a Dios, realizado.
El campo es el universo inaugural. Un niño juega con el rastro ingenuo del grillo que de noche lo convoca a su fiesta. Una adolescente sueña con una placita dominguera rebosante de amores al paso. Una madre da a luz en un dormitorio de algarrobo y adobe que mira al potrero, y que ella ha ayudado a levantar, como ayuda con su alumbramiento a la vida en pureza. Pasan bandadas de golondrinas arreando el año. Dos jilgueros cantan en la ventana que recoge la primavera entrante, y abren las jaulas de la tarde para enseñarnos que la libertad no se negocia, porque es su estado natural y su argumento para cantar y no para gemir. Un viejito parece triste; en su cara, veranos inmensos han ido alojando siestas de fuego y soledades, cuando salía a domar cuarteles de salitre para establecer el álamo y las vides.
