Viña en Mendoza, parral en San Juan, la parra ha brindado sus verdes estatuas, fundamentalmente por potreros de ilusión de este Cuyo generoso, donde otrora reinaban desierto y soledad.
Hojas a modo de manos abiertas de niña quinceañera; brazos a guisa de agarrotados dedos de labriego, la parra se retuerce y enrosca sobre sí misma e implora sueños en tardecidas de luz y quimeras.
Porvenir de lagares frutales donde la uva es sacrificada para la vida, y donde aguaita los atardeceres, para que, en pocos meses, los espíritus del vino vengan a convertirla en colores y jarana. El vino es su destino y su justificación vital. Nació para esa puesta en escena, para ese hijo esencial que la convierte y le justifica ilusiones y ocasos morados; para esa sorpresa que el vino puede dar en cualquier momento, porque está hecho de fantasías y escenarios donde la vida puede jugar dolores y alegrías.
Recuerdo que una vez se nos subió al escenario, con el paso pesado, un curadito, tomó el micrófono y contó entre llantos una anécdota que nadie entendió. Fue muy difícil convencerlo que bajase. Se trataba de una enorme fiesta patronal y el hombre la festejaba a su modo y corazón. En otra ocasión, Rony Vargas nos hizo una broma monumental que no pudimos agradecerle. Nos envió desde la radio al Estudio un personaje increíble, bastante ebrio, que irrumpió en la sala de espera y contó con su lengua bola una ininteligible historia que dejó pasmados a quienes allí se encontraban, y se fue con los humores a cuesta. Historias de ellos hay a montones y todas jugosas, como es el néctar que los inspira y enfrenta en esos momentos de valentía con las cosas y la gente.
Nuestra parra, cuerpecito leñoso y crujiente, cintura de madre primeriza, sigue pariendo por la vida vinos de oro y mora; acunando rezongos de tonadas llorosas, saltando al viento en cuecas vibrantes y desperezando vaivenes de acequias en valsecitos criollos. Su pasión por los ensueños y los espejismos sigue entregando instantes de vida escenificada por los fervores del vino.
No podré olvidar jamás que frente a nuestra humilde casita de aquel barrio Rivadavia de un San Juan que se incorporaba a tientas a pocos años del terremoto, un enorme ejército de viñas apostaba al amor, y una cuneta donde en veranos poníamos a refrescar el agua y el vino, envueltos en arpillera, me inspiraron estrofas tempranas, donde un valsecito tuvo el alumbramiento de decir: ‘La calle angostita moría en las viñas; la casa una posta junto al callejón; mirando el paisaje pasar, a la orilla de la acequia, el sauce se aprendió el amor’.
