El evangelio de hoy es extenso, por eso lo indicamos aquí para que lo busquemos en la Sagrada Escritura y lo meditemos: (cf. Jn 4,5-42). En el texto evangélico, junto a Jesús, cumple un importante rol una samaritana, que pasa de ser una mujer con dudosa reputación, a una fiel y activa misionera. El cuarto evangelista relata que Jesús, después de la purificación del Templo (cf. 2,13-22) y el coloquio con Nicodemo, doctor de la Ley (cf. 3,1-22), bautizaba junto a sus discípulos en las orillas del Jordán, región de Judea (cf. 3,22-36). Apenas percibe que los fariseos habían notado que eran más numerosos aquellos que se hacían bautizar con él y sus seguidores, que aquellos que iban con Juan el Bautista, Jesús decide volver a Galilea pasando por Samaría, considerada en esa época como tierra "extranjera” para un judío. Así se logra entender la llegada de Jesús junto a este pozo, situado a cierta distancia de un centro habitado, Sicar, a los pies del monte Garizim, lugar de culto de los samaritanos y ligado a la memoria de Jacob (cf. Gén 33,18;48,22; Jos 24,32). El tema del agua recorre enteramente la Sagrada Escritura, y en el judaísmo se había creado una auténtica "teología del pozo”. En el texto de hoy aparece una aparente contraposición entre el pozo y la fuente. El primero era considerado símbolo de la Ley, que algunos sostenían que había sido observada por los patriarcas, antes que Moisés la promulgara. El agua del pozo se encuentra estancada. Es necesario sacarla con algún recipiente, mientras que de la fuente brota el agua fresca, que sale al "encuentro” de quien desea acercarse a ella, no imponiéndose sino donándose.

La mujer se presenta en el pozo a mediodía, la hora más calurosa y la menos adecuada para ir en búsqueda de agua. Jesús está sediento, pero pedir agua a una mujer y más aún samaritana, no era conveniente. Los judíos no tenían buenas relaciones con los samaritanos: se los consideraba como provenientes de un pueblo de origen incierto, de sangre no pura y heterodoxos respecto al judaísmo oficial, ya que reconocían sólo la Torah (los cinco primeros libros de la Biblia). Acercarse a ellos implicaba adquirir la impureza legal, que impedía luego la celebración del culto. Además, no era aconsejado que un maestro se detuviera a hablar con una mujer. Jesús supera estas barreras, y acerca a todos, sin excepción, el don de eternidad que trae. Rompe los esquemas y dialoga con la mujer como si fuera ya una discípula: no importa si es mujer, samaritana y adúltera. No se deja condicionar por los prejuicios de los hombres y la receptividad hacia ella es total. No entabla el diálogo con ella, al final, cuando ella ha comprendido plenamente la revelación de Jesús. Su acogida se da desde el inicio.

Observado superficialmente, el encuentro entre Jesús y la mujer es el encuentro entre dos necesidades elementales: la de quien busca agua para llevar a su casa, y la de quien pretende saciar su sed física. Pero hay aquí una paradoja: la del Salvador del mundo (cf. 4,42), que se hace mendigo como los otros hombres para tener la posibilidad de acercarse a sus necesidades y ofrecerles el agua que los sacie. Sin la eternidad, la temporalidad del hombre resulta cansancio y hastío. Como conclusión, pidamos a Dios la gracia de vivir con la plenitud de una fuente. Leyendo un día a san Alberto Magno, me encontré con una frase terriblemente reveladora. Habla el santo de que existen tres géneros de plenitudes: "la plenitud del vaso, que retiene y no da; la del canal, que da y no retiene, y la de la fuente, que crea, retiene y da”. Hay muchos que son como el vaso. Tienen, pero no comparten. Retienen, pero no dan. Son magníficos, pero magníficamente estériles. También se encuentran aquellos que son como un canal. Se desgastan en palabras, haciendo muchas cosas al mismo tiempo sin saborear ninguna. Dan y no retienen. Y, después de dar, se sienten vacíos. En cambio, las personas que son como una fuente, dan de lo que han hecho sustancia de su alma, reparten como las llamas, encendiendo la del vecino sin disminuir la propia, porque recrean todo lo que viven y reparten cuanto han recreado. Dan sin vaciarse, riegan sin decrecer, ofrecen su agua sin quedarse secos. Como el Cristo del evangelio. Él era la fuente que brota inextinguible, el agua que calma la sed para la vida eterna. Nosotros ya haríamos mucho con ser uno de esos pequeños hilos de agua que bajan chorreando desde lo alto de la gran montaña de la vida.