Una mano transparente que venía desde muy lejos, pero que siempre puede estar a nuestro alcance, la de Dios, destapó la cajita de música y desde su interior un pequeño duende saltó y comenzó a danzar con un bastoncito en la mano. Sombrerito bombín, bigotito espeso y breve y una chaquetilla donde no le cabía el corazón ni el cuerpecito de infante. Vientos dulces del este le menean el paso en una especie de cunita que le formó la fantasía; y así, desde que nos asaltó de puro tierno desde una pantalla de un cine de barrio de antaño, adoptó ese pasito de mecedora de ángeles, cortito, veloz, con los piecitos hacia fuera como atajando duendes, forrados contenidos en dos enormes zapatos de payaso pobre.
Marioneta de plumas de cisne, manejada por una criatura celeste, te saludo Charles Chaplin (Carlitos para el mundo), y te abrazo desde mi finitud de hombre protegido por un niño que se crió al conjuro de tu magia infinita. Ni el tiempo que destiñe escrituras y derriba tiranos ha podido con tu bella sonrisa que demuele imposturas y nos convoca al cuento de tu inocencia. Los cachetazos que impulsas con tus alas de gorrioncillo humilde son capaces de voltear villanos robustos y agresores de barro. Pero tu triunfo no se ve en esas peleas del viejo celuloide que defiende hasta la eternidad de tu talento; es el triunfo de la bofetada ingenua que hace retroceder el mal humor de los malos humoristas y aquellos magros cómicos que precisan de la palabra sucia o la burla al prójimo para canjear el homenaje de la risa. No todo está dicho en la fantasía, por supuesto; pero vos, Carlitos, has sido el promotor digno y respetable que la puso de frente al alma de los pibes y la menesterosidad de inocencia de los mayores. Todo el color de la música te homenajea en esas páginas sagradas donde vos la inventas en cada pirueta de danzarín alado. Todo el arte te reconoce en cada voltereta donde lo describes y destejes multicolor, aunque la vieja película sólo se exprese en blanco y negro, porque la belleza puede saltar por sobre el tiempo y el antaño y pintarse la cara con las ilusiones.
‘El tiempo es el mejor autor. Siempre encuentra el final perfecto’, dijiste alguna vez, anticipándote a tu eternidad. O cuando, con actitud de noble maestro, dijiste: ‘No se mide el valor de alguien por sus ropas o por los bienes que posee; su verdadero valor es su carácter, sus ideas y la nobleza de sus ideales’.
Un muñequito de apretadas ropas negras y sombrerito bombín danza de frente a nuestra fantasía. De sus manitas de almíbar se le ha caído una flor. Recojámosla y apretémosla junto al pecho, que mucho tiene que ver con nuestras carencias de amor.