
Inadvertidamente surgió tu nombre durante una charla con un amigo. Fue hace poco y fue entonces que me dijo que estabas muy mal. Me conmovió saberlo y en ese instante caí en cuenta de lo mucho que te apreciaba, tal vez sin ser consciente de ello. A partir de ahí me fueron llegando noticias del agravamiento de tu estado, hasta que el lunes supe de tu fallecimiento. Ahí sí, frente a la evidencia de lo irreparable, se hizo más patente la profundidad del afecto que fui desarrollando hacia tu persona. Hacía mucho que no te veía, pero fue tan intensa nuestra relación en aquella empresa en la cual trabajamos a la par, que siempre guardé una conexión invisible de afecto, respeto, admiración y agradecimiento, aun después que decidiera alejarme. Yo era el gerente de esa empresa, muy importante de nuestro medio, y tú el abogado y nos encontramos de pronto abocándonos a resolver situaciones en extremo difíciles, de alto grado de complejidad, donde no sólo se ponía a prueba nuestra capacidad profesional, sino también los valores en los cuales creíamos, pues había, aparte de muchos intereses en juego, objetivos humanitarios y solidarios en aquel emprendimiento. Su titular tenía entre ceja y ceja un destino altruista que nos comprometió hasta la médula en colaborar para que fuese una realidad. Tenía que ver con la niñez desamparada, o en situación de abandono, motivo que rozó las fibras más íntimas de nuestro ser y hombro a hombro decidimos ir más allá de lo que prescribía nuestra responsabilidad profesional. Fue la fragua donde probaste tu valía. Te ví trabajar intensamente, con un exacto sentido de lo recto, de lo justo, de lo que se emparenta con aquello que nos reconcilia con la circunstancia de darle un sentido trascendente al hecho, o arte, de vivir. Y junto a la persona propietaria de aquella firma, celebramos cada paso que dimos y que cada vez nos ponía más cerca de concretar sus generosas intenciones. Al partir, me llevé valiosas experiencias, entre ellas el haberme topado contigo, una persona que enaltecía su profesión, pero sobre todo honraba su condición de ser humano. Te despido amigo, doctor Alberto "Beto" Bloise, con la seguridad que estarás lejos de mi vista, pero no de mis memorias. Su familia, en medio de tanta congoja, debe saber que tuvieron un padre valiente, gran profesional, gran amigo, y que ha dejado una huella indeleble por donde transitó.
Por Orlando Navarro
Periodista
