Sopla, sopla, suave pero incansable, casi imperceptible a las ramas y a los arbustos, que ni se mueven, pero en el rostro la sensación es como si abrieran la puerta de un horno.
Ni siquiera alcanzó a cambiar la luna del nuevo mes, a las pocas noches, se desató un viento Zonda de aquellos, arrastraba polvo y basuras de todo tipo, con ráfagas muy violentas, bramaba y resoplaba como un monstruo mitológico, casi corpóreo. Los golpes de viento desclavaban las chapas de galpones, volaban los cañizos de corrales, levantaba todo a su paso, como un tren descarrilado, aullaba en la oscuridad de la noche, envolvía las casas en una nube, mezcla de tierra y arena, asustaba a muchos, casi no se podía respirar por su clásica temperatura.
Cerca vivía Tatú, uno de los viejos vecinos del lugar, venido a más, económicamente hablando, aunque las malas lenguas decían que era dinero mal habido. En su finca, el zonda parecía soplar con más violencia, casi como con inquina.
"Fuego, fuego en el campo" fue el alerta, un grito desesperado que se repite, "allá por los pastizales del bajo", "en el fondo" sonaban como ecos lejanos las desesperadas voces, era grave. Se inició el incendio generado por el calor de la misma fricción del viento o alguna fogata mal apagada, nunca se sabrá. Fue voceada por varios, como en cadena, la consigna impartida "agua, traigan agua", la ayuda no se hizo esperar, llegaban peones corriendo con azadones y palas, unos le echaban tierra, otros tiraban agua, algunos con ramas verdes golpeaban las llamas,t ratando de apaciguarlo, "más agua, más agua", las exclamaciones se generalizaban en desesperada pugna, era una lucha desigual, no había manera de cercarlo, las lenguas de fuego, como brazos encendidos de un cuerpo diabólico, se elevaban al cielo realizando una macabra danza al ritmo del viento, los vecinos al ver eso corrieron para colaborar en la disímil batalla.
Los rostros sudorosos y tiznados, brillaban desencajados por el esfuerzo, los ojos llorosos por el humo se veían blancos o rojos, según el reflejo, el cielo iluminado por la alocada fogata, las cenizas encendidas volaban como luciérnagas asesinas, las rachas llevaban las pérfidas semillas de fuego de un potrero a otro más lejano, las exportaban cual aciagos mensajes, toda la macabra escena infundía temor.
Los hombres y mujeres cansados, casi quebrados, por momentos debían correr de un lado a otro para no quedar encerrados en los cinturones de fuego, sin quererlo, eran actores de un terrorífico drama, cual una mala película de terror, los gritos desaforados le ponían un fondo musical conmovedor.
Desde allí incontenible el incendio atropelló, quemando todo a su paso, llegó hasta el galpón donde se almacenaban los fardos de pasto, carros y las herramientas, los gritos y gestos de desesperación de la gente no tenían parangón. El zonda envuelto en lenguas de fuego enfurecido parecía y al agua no obedecía, con ráfagas sibilantes siguió avanzando como guiado por un soplo gigante, el caos remplazó al sentido común, no hubo parámetros, la desesperación reinó. En un solo movimiento envolvió a las caballerizas, uno de los bienes más preciados del patrón, pobres inocentes bestias, estaban condenadas, los hombres con sus manos quemadas y las caras ampolladas por el intenso calor, alcanzaron a liberar algunas, las demás murieron carbonizadas, asfixiadas por la calamidad, casi todo fue convertido a cenizas, también se quemaron carruajes y vehículos de distinto porte, nuevos y viejos no quedo íntegro ninguno.
El insaciable fuego no se detuvo ahí, continuó su raid destructivo, rápido, no obstante la resistencia opuesta, los baldazos y las mangueras de agua, los gritos y ruegos, igual alcanzó a llegar hasta la fastuosa casa donde desastres hizo, hecho muy lamentado por las mujeres del lugar, desde los muebles hasta las sabanas importadas se derritieron en las lenguas rabiosas, a la distancia parecía una pira ritual encendida, era tal el resplandor que una aurora parecía, la calle fue el limite que el derrotero impidió y fue hasta ese lugar que todo quemó.
El viento de golpe se apaciguó, tal como había empezado, pero siguió gruñendo cual perro enojado, al rato tibio ya sin fuerzas, soplaba enfriando despojos, como si contemplara la labor cumplida.
Los dueños de casa abrazados penaban, todos lloraban, desconsolados estaban, tan grande fue el siniestro que solo ruinas quedaron. Fue grande el esfuerzo pero igual perdieron la desigual batalla, los obreros y vecinos se lavaban en las cunetas, refrescándose. Algunos comentaban maldiciendo la suerte, otros por lo bajo, cuchicheando, recordaban, que lo que no es de uno, el agua se lo lleva.
