Francisco está revolucionando estos días, no sólo al Brasil, sino al mundo entero. En todos los países del orbe, los periódicos, la televisión y los otros medios masivos de comunicación transmiten lo que se ha convertido en una experiencia maravillosa, extraordinaria, inédita de la fe. Este hombre vestido de blanco, sucesor de Pedro, deslumbra y desarma los prejuicios de aquellos que miraban con desconfianza o con prejuicios a la Iglesia Católica. En los últimos años, ésta había perdido credibilidad por una sucesión de hechos incoherentes entre el decir y el vivir. Con su sencillez y austeridad, que son dos características de la humildad, ha derribado las barreras del papado y del pueblo, para mostrar que los "’cargos”, por más grandes y comprometedores que sean, deben unir y no separar. Son los hombres quienes deben honrar los cargos y no los cargos a los hombres. El 26 de junio pasado, en la Audiencia General de los miércoles, afirmaba: "’Nadie es el más importante en la Iglesia; todos somos iguales a los ojos de Dios. Alguno de ustedes podría decir: "’Oiga, señor Papa, usted no es igual a nosotros”. Sí: soy como uno de ustedes, todos somos iguales, ¡somos hermanos! Nadie es anónimo: todos formamos y construimos la Iglesia”. Recuerdo que cuando se iba a hablar con él, siendo arzobispo de Buenos Aires, jamás te atendía detrás de un escritorio, sino que ponía la silla al lado tuyo para escucharte. El hecho de estar junto al interlocutor le daba una autoridad que sólo la humildad otorga. Ha llegado a Brasil para decir que entraba en este país para comunicar a los jóvenes aquello que dijo Pedro al paralítico que encontró mendigando junto a la puerta del Templo: "’No tengo ni oro ni plata, pero te doy lo que tengo, lo más valioso, Jesucristo”. Además, tuvo otra frase maravillosa: "’La juventud es la ventana por la cual el futuro entra al mundo”. Es que sin mañana no hay esperanza, y la juventud va unida a la confianza. Francisco fue elegido el 13 de marzo, pero al día siguiente le habían dicho que debía visitar al sastre para que le confeccionara una sotana blanca a su medida, a lo que él dijo: "’¿Al sastre? No. A visitar a la madre”, y fue a primera hora a la Basílica "’Santa María Mayor” a venerar el ícono mariano de la Virgen "’Salus Populi Romani”, que presenta a la Madre como la "’Odigitria”, es decir, como "’Aquella que muestra el camino”. A ella fue a orar otra vez el día antes de emprender el viaje a Río. Y en tierra brasileña quiso ir a honrar a la Virgen negra: "’Nuestra Señora de Aparecida”, imagen descubierta en 1717 en el río Paraiba do Sul, a la que consagró su ministerio, la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, y a todo el pueblo latinoamericano.
Los lugares elegidos para pronunciar sus palabras y manifestar los gestos como el "’dulce Cristo en la tierra”, según la expresión de Santa Catalina de Siena, son paradigmáticos y programáticos: un hospital de recuperación para drogadictos, una favela, y una cárcel. Personas que hipotecaron su vida siguiendo la oferta de los mercaderes de la muerte; una de las 763 favelas donde viven hacinados, abandonados y postergados aquellos que no son una categoría social sino teológica: los pobres, marginados de una sociedad en la que impera la lógica del poder y del dinero para sólo unos pocos; y un centro de reclusión donde muchos han perdido la libertad. Simbólicos los tres. A los que se van recuperando de la drogadicción les ha invitado a no perder la esperanza, y a los demás, a comportarnos como buenos samaritanos para no dejarlos a ellos abandonados. Pero también quiso dejar en claro un punto básico y es que, no es la liberalización del consumo de drogas, como se está discutiendo en varias partes de América latina, lo que podrá reducir la propagación y la influencia de la dependencia química. Es preciso afrontar los problemas que están a la base de su uso, promoviendo una mayor justicia, educando a los jóvenes en los valores que construyen la vida común, acompañando a los necesitados y dando esperanza en el futuro. Todos tenemos necesidad de mirar al otro con los ojos de amor de Cristo, aprender a abrazar a aquellos que están en necesidad, para expresar cercanía, afecto, amor. Pero abrazar no es suficiente. Hay que tender la mano a quien se encuentra en dificultad, al que ha caído en el abismo de la dependencia, tal vez sin saber cómo, y decirle: "’Puedes levantarte, puedes remontar; te costará, pero puedes conseguirlo si de verdad lo quieres”. Ante los pobres de la favela, el llamado papal fue a terminar con la cultura del descarte: "’No hay que descartar a nadie. Recordémoslo siempre: sólo cuando se es capaz de compartir, llega la verdadera riqueza; todo lo que se comparte se multiplica. Pensemos en la multiplicación de los panes de Jesús. La medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza”. Y llegó el ansiado encuentro de los argentinos para quienes dejó un mensaje espontáneo, vivo, estremecedor: salir a "’hacer lío” en las calles, no para crear enfrentamientos, sino para evangelizar sin miedos. Es que el gueto no es el ámbito evangelizador del cristiano, sino la calle, como Jesús. Su itinerario de anuncio se desarrolló en el camino, no en la casa. Por eso es que la Iglesia no puede ser una ONG burocrática, sino un Pueblo vivo, levadura en medio de la masa. Pero además, la invitación a no licuar la fe. Ésta no es algo que se tiene sino Alguien que nos sostiene. Basta con ser sólo creyentes: aprendamos a ser también creíbles. ¡Qué maravilla de Pastor! ¡Qué gracia ha querido dispensar Dios a su Iglesia eligiendo a este eximio y sencillo Vicario de Cristo con un nombre que lo honra: ¡Francisco! Un hombre revolucionario sin armas sino con la ternura de la bondad; desposado con una Iglesia pobre para los pobres, sin lujos y con la transparencia de la coherencia. Un Pastor que no guía amenazando con un dedo acusador sino con brazos siempre extendidos, con una sonrisa permanente en sus labios y con la invitación a no dejarse robar la esperanza ni anunciar el mensaje de Jesús con cara de luto.
