La Iglesia celebra hoy la Dedicación de la Basílica del Santísimo Salvador en Letrán, que es la Catedral del Papa y que se encuentra en Roma. Siendo la Iglesia del Sumo Pontífice, es considerada la madre y cabeza de todas las iglesias del mundo. Fue el emperador Constantino quien declaró en Milán, el año 313, la tolerancia al cristianismo. Poco después marcha sobre el Augusto de Oriente, lo derrota y vuelve a reunificar el imperio, ubicando su capital en Bizancio a la cual rebautizará Constantinopla que, más tarde, tomada por los musulmanes se llamará y se llama Estambul -deformación del griego ‘eis tên Polin’ "hacia La Ciudad”. Constantino se dio cuenta de que, en medio de la decadencia de las clases dirigentes, para solidificar su imperio era necesario recurrir a sangre nueva y honesta. Y así es que, prácticamente reconociendo una situación de hecho, entrega el cuidado de Roma al Obispo de los cristianos. Es así como de capital del Imperio, Roma se transforma en capital de un imperio mucho más vasto, profundo y duradero, el de la Santa Iglesia Una Católica Apostólica y Romana.
El Papa se instaló en un barrio periférico de Roma, dentro de las murallas aurelianas, donde existían varias quintas de familias patricias. Una de ellas, especialmente bella, era la de los "Letrán”: una antigua estirpe romana. Nerón se las había confiscado. Pero, bajo Septimio Severo, la habían recuperado. Una parte de la quinta se la vendieron a Fausta, hermana de Majencio y mujer de Constantino. Fue ella quien se la regaló al Papa Melquíades, que muere poco después. Su sucesor Silvestre, con la ayuda de Constantino construye allí su residencia. Constantino hace más aún. Le edifica una enorme Basílica sobre lo que había sido el cuartel de los soldados de Majencio, que es el primer templo cristiano abierto al público en todo el imperio y que, desde entonces, se convierte en la Catedral del Papa. Fue dedicada al Salvador, pero como allí se guardaron las reliquias de los santos Juan el Bautista y el Evangelista, los que indicaron y hablaron del Salvador, desde entonces se le llama "San Juan”. De "Letrán”, por el nombre de los antiguos dueños de esos jardines. Allí vivieron los Papas hasta el año 1310, cuando, en medio de las guerras y rebeliones de los nobles romanos, debieron trasladarse a Aviñón, bajo la protección del Rey de Francia. Mientras tanto, el palacio y la basílica fueron saqueados, devastados y, finalmente, incendiados. Solo queda de aquellas construcciones el ábside, sobre la calle, con bellos mosaicos, del Triclinio, y la Capilla Papal privada, hoy transformada en la Escala Santa. De tal manera que, cuando Gregorio XI , en 1370, bajo las instancias de Santa Catalina de Siena, regresa a Roma, solo se encuentra con ruinas y tiene que ir a refugiarse al único lugar seguro que poseía la Iglesia: los edificios anejos a la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, protegidos por el Castel Sant’Angelo. Allí, desde entonces, viven los Papas.
Pero la Catedral, reconstruida luego, sigue siendo San Juan de Letrán, en donde se hicieron -hasta la toma de Roma- todas las grandes ceremonias, desde la coronación del Pontífice hasta su velatorio. Como el Vaticano es húmedo y caluroso, los Papas, durante el verano, se trasladaban al Palacio construido sobre la fresca colina del Quirinal, que se transformó así en segunda residencia papal y que, luego, el siglo pasado, le fue robado por el rey de Italia. Hoy vive allí el presidente italiano. En efecto, cuando Garibaldi ataca los Estados de la Iglesia y el General Cadorna penetra en Roma por la famosa brecha de Porta Pía, Pio IX ha de encerrarse definitivamente en el Vaticano. Roma, dos veces capital imperial, una del imperio Romano, otra de la santa Iglesia, queda reducida a simpática capital "degli italiani”. Benito Mussolini, precisamente en Letrán, firma los famosos "Pactos Lateranenses” y devuelve San Juan de Letrán al papado, formando parte del territorio pontificio reconocido por el estado italiano. Así como la antigua residencia de Castel Gandolfo, donde, desde entonces, a la orilla del lago Albano, solían pasar el verano los Papas, hasta Benedicto XVI, ya que Francisco, queriendo dar un ejemplo de austeridad frente a quienes son víctimas de la crisis económica de Europa, decidió no tomarse vacaciones.
Al celebrar esta fiesta hoy, la Iglesia ora por el Papa Francisco, quien invita a todo el Pueblo de Dios a ser una Iglesia desprendida, y desapegada de la mundanidad. El mismo pontífice explicó que en el cónclave en el que resultó elegido, antes de optar por el nombre, la palabra "pobre” entró en su mente y pensó en san Francisco de Asís y en las guerras, y no tuvo duda que elegiría el nombre del santo de la pobreza, de la paz y de la defensa de la Creación. Todo un ejemplo. Por eso conquista al mundo hoy: por su humildad, austeridad, y por su misericordia desarmante.
