Para cualquier país futbolero, la derrota desmoraliza, duele, enerva. En EEUU el fracaso no dolió porque el fútbol todavía es cenicienta, a leguas de distancia del béisbol, el básquet y del rudo football americano. El optimismo actual está atado al furor por el Mundial, pero habrá que ver que pasará después.
Ahora, la excitación quedó reflejada en fiestas masivas en cada ciudad; en las audiencias estratosféricas de ESPN y Univisión que superaron a las de la reciente final de la NBA; en el ruido estruendoso de las redes sociales que obligaron a los medios a no ignorar al fútbol como en mundiales pasados; en la venta récord de entradas a fanáticos con las que se superó a todos los países, un éxito que la FIFA ensayó y aspira trasladar a India y China, sus otros mercados en mente.
Creo que ese optimismo por el soccer es exagerado, más producto de la excitación del mercadeo que de una vocación futbolera genuina.
Al fútbol le cuesta penetrar y ser parte de la cultura deportiva gringa, la que en definitiva mueve el mercado. La MLS tiene culpas. Sigue con una fórmula poco efectiva o muy cosmética, la de importar estrellas, que no llegan para irradiar luz, sino a consumir sus últimos destellos antes de apagarse para siempre. Puede que al principio, convoquen más gente a los estadios, pero poco sucede después tras la curiosidad inicial. Así pasó con Pelé, Franz Beckenbauer, Johan Cruyff, Carlos Valderrama, Hristo Stoichkov, Roberto Donadoni, Lottar Mathaus, Denilson, David Beckham, y seguirá ocurriendo con las dos contrataciones estelares para esta temporada, el español David Villa y el brasileño Kaká.
El problema es que se quiere aplicar al soccer las recetas de otros deportes que se desarrollan en la escuela y la universidad. Es que se enseña a los chicos tácticas y estrategias de equipo, y les limitan la creatividad individual. El soccer puede aprender la receta de los demás deportes. Sus grandes estrellas como Lebron, Kobe o Alex Rodríguez solo fueron moldeadas por equipos profesionales, pero brotaron del juego espontáneo que de niños disfrutaron en las esquinas, estacionamientos y recovecos del barrio; así como los futbolistas brasileños y argentinos se crearon y expandieron desde calles, baldíos y potreros.
La Liga Mayor de Soccer tendría mayor éxito si además de contratar estrellas fugaces, obligaría a sus clubes abrir escuelitas y semilleros propios. De ahí la importancia del experimento que David Beckham quiere traer a Miami si la Liga le autoriza fundar un club y la ciudad le da el espacio para levantar un estadio. Es que Beckham, más que atracción y contagio mercantil, es dueño de una prestigiosa academia infantil que no solo entrena, sino que crea ese tipo de cultura futbolística que primero se alcanza con la diversión y sencillez.
El profesionalismo no es malo, pero sucede que EEUU creyó que así podría equipararse a las demás potencias mundiales. Es evidente que no se pueden quemar etapas para crear cultura futbolística, se trata de un proceso lento y que a los niños se les deje ser niños y que el soccer sea espontáneo. El soccer femenino estadounidense tiene esos ingredientes y tal vez esa fue receta para conseguir dos copas mundiales y cuatro oro olímpicos.
