"El Nico había confirmado su chapa de ídolo, ese ser que tiene la virtud de hacer feliz a la gente por ser una pertenencia de ella…".

La gente delira, la popular revienta, sueña y lagrimea tortolitas lastimadas, aunque esa tribuna ya no está (por esas cosas que muchas veces tristemente nos distinguen). La Doble Calingasta se dobla de dolor. La ruta a Mendoza no quiere ni mirar al costado para no sentir el cosquilleo de una sombra herida. La Doble Difunta Correa o la Doble Media Agua aguantan el cimbronazo del destino, tiradas al costado de rutas que ya no serán iguales. El viejo velódromo, proscenio de la historia deportiva de San Juan ciclista, da vueltas y vueltas de soledad sobre sí mismo y se trepa a una nube dorada, aquella que porta la triunfal cabellera del Payo o la elegancia de Vicente constituyéndose en trofeo sanjuanino y que años después añoraría en un rincón no querido la sonrisa definitiva de Nicolás. 

Toda esta belleza es trofeo de esperanza de una tierra mortificada por remezones, pero siempre de pie; distinguida gracias a este otro sanjuanino ilustre que la peleó digno y admirado hasta un instante de sombras horribles que lo tendieron (no derrotado) en un piso que tantas veces fue su lugar de gloria ¡fuerza, hermano querido!, dejanos las lágrimas para nosotros, que un pelotón celeste te ha alcanzado el cielo.

Las radios, amigos que jamás nos faltarán, anuncian que se aproxima a la llegada un numeroso pelotón. La tribuna popular que no han logrado demoler del recuerdo no podía ocultar su inquietud. Un ronroneo se sumaba al aire sobrecargado. De pronto, no podemos ver más porque la multitud se levanta en danza frenética y nos tapa la gloria.

Esa tardecita o aquellas que honró por la Circunvalación, muchos fueron felices. El Nico había confirmado su chapa de ídolo, ese ser que tiene la virtud de hacer feliz a la gente por ser una pertenencia de ella, una aspiración recóndita hecha realidad, un pretexto para florecer en un lugar, para sentirse carne de un pueblo, una ocasión para ponerse el traje de la pasión. 

Se ha ido el Nico, sorpresivamente, con similar asombro a aquel que generó cuando casi niño irrumpió en las rutas como pájaro en bandada celestial y convocó la esperanza de una provincia líder en ciclismo y a todo un país.

No nos desanimemos, ha de volver aunque sea con un ala rota pero sobreponiéndose. Se ha ido un muchacho humilde, bueno y cordial, una persona especial, un ser con un carisma extraordinario, ese atributo que sólo reciben algunos y por lo cual se erigen en referentes y amados. San Juan tiene hoy, junto a sus alegrías, otra herida inferida, de tantas y tantas. La dorada época donde grandes ídolos se sumaban al velódromo al que se entraba por el costado sur, lo rescata y eterniza. Vientos de vendimias rojas y epopeyas se suman al hombre común que fue el Nico Naranjo, el de La Bebida, el de San Juan, el del país que se enorgullecía en el sentimiento de la gente. El viejo estadio del Parque es posible que haya llorado bajo el verdugo de la topadora.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.