El terror y el pánico recrudecieron en Rusia cuando 38 personas murieron y varias decenas resultaron heridas en un doble atentado con explosivos perpetrado en dos estaciones del subterráneo de Moscú. Luego otro atentado en Daguestán, la mayor república rusa del Cáucaso norte, sumó otras 12 víctimas fatales.
El jefe de los rebeldes chechenos y líder separatista islámico, Doku Umarov, anunció en febrero una oleada de ataques contra Rusia en represalia contra la estrategia del Kremlin puesta en marcha por el presidente Dmitri Medvedev, de proclamar una nueva política para el Cáucaso Norte, oficialmente menos brutal que la vigente hasta ahora. El mismo Umarov acaba de reivindicar los atentados, afirmando que ambas operaciones fueron ordenadas por él y que no serán las últimas.
La estación elegida para el sangriento accionar es una de las más simbólicas: la estación Lubyanka, situada justo bajo la sede del Servicio Federal de Seguridad (FSB), sucesor del KGB soviético. Según los datos del ministerio del Interior, con estos últimos ataques, son ya ocho los perpetrados desde 1996 en el metro moscovita, con 300 kilómetros de vía, 12 líneas y 180 estaciones, convertido en uno de los objetivos más vulnerables del país. Tanto es así que, ya en 1977, en plena Guerra Fría, con Leonid Brezhnev en el poder, separatistas armenios eligieron el metro para golpear al poder soviético.
Aunque diariamente utilizan este medio entre 8 y 10 millones de personas, el número de víctimas en todos los atentados no llegó al centenar, mientras que sólo en el asalto a una escuela en Beslan, en 2004, murieron 334 personas y en el secuestro de un teatro en octubre de 2002 murieron 130. En ambos ataques participaron decenas de mujeres. El FBS reconoce su preocupación por la seguridad en Sochi, sede de los Juegos Olímpicos de invierno en 2014. Como en todos los atentados anteriores, lo más probable es que estos últimos, en vez de desestabilizar y debilitar el sistema, sólo consiga endurecerlo aún más. En todo caso, las que se verán nuevamente debilitadas son las todavía muy frágiles libertades democráticas rusas.
Mientras tanto la sociedad civil queda atrapada como rehén en medio de una disputa entre el gobierno federal y los separatistas, pero del cual los moscovitas no podrán desentenderse.
