¿Cómo explicar desde un punto pequeñísimo del universo el sentido de la vida? ¿Cómo transmitir el anhelo de querer vivir siempre, eternamente esta vida terrenal que es nuestra? Sin embargo, la existencia en el planeta tiene un tiempo, razón que justifica con creces la pretensión de vivirla íntegramente, toda, en plenitud. Esa vida que cada vez cuidamos menos, que es tangible, que se puede tocar, es todo lo que tenemos cuando estamos en ella, cuando la poseemos, y a partir de ella deviene todo lo demás. Nuestra vida es excepcional y única, incluso lo es para aquellos creyentes de su trascendencia. Inscribir la vida en el todo de lo que se tiene significa que a partir de ella se descubre en su presencia la existencia de las cosas, de los seres, y la causa de lo creado que es anterior a nosotros como individuos determinados, lo es anterior a nosotros como comunidad. Decir que la vida es todo lo que se tiene no es desatinado, aunque haya incorporado a ella y en ella lo demás que hace que el individuo sea, en cualquiera de sus especies, lo que es.
Para fundar la vida en el más elevado concepto del ser, se la debe cuidar, proteger y defender desde el propio individuo y desde la comunidad que en su organización genera el espacio para la realización y consecución de los altos fines. Pero en medio del odio y del miedo no se construye la vida porque el odio la destruye y el miedo es la puerta proclive al mal que la frustra. El hombre, aunque viva el hoy, edifica las bases del camino que viene para construirlo con idoneidad, pero necesita hacerlo desde un presente de paz y seguridad, condición substancial para garantizar el devenir, que aunque sea siempre incierta su proyección, sus bases se asientan en la acumulación de cada presente activo de sus contemporáneos instantes vividos. El pensante ser del mundo vive acosado por la incertidumbre que su propia contemporaneidad le genera porque ese ser, por su naturaleza, no resiste vivir en riesgo permanente sabiendo que en ese riesgo la vida pende del desatino que desborda en reemplazo de la sociedad del acierto y del juicio.
¿Cómo justificar que la relación entre la vida y la muerte sólo arroja saldos que interesan únicamente al archivo estadístico? En los altos niveles de conducción de los Estados no existe ni la inteligencia ni la decisión política para asestarle el golpe certero al horror de la muerte, muerte en vano que acecha por las calles a plena luz del sol ante el espanto de todos. Muerte que acecha a la vuelta de la esquina. Muerte que acecha en el lecho del hogar, donde a veces ese tiempo malogrado por la incompetencia del Estado indolente y sin autocrítica tolera el submundo del desvalor que nos roba -además de amedrentarnos-, la posibilidad de despertar.
La muerte ante la adversidad natural de la existencia el hombre la reconoce y se sustrae a esa realidad. Pero la otra, la muerte por nada, genera una mochila demasiado pesada para sobrellevar, cargada con dolor eterno en cada familia que nunca supera ese calvario de pensar que al hijo ausente se lo llevó la irracional desmedida de la permisividad que avala el acto irreverente del +dios+ maligno facultándole el señorío arrogante para interrumpir a su antojo, sorpresivamente, el destino del hombre. Cuando los Estados privilegian otros actos inferiores a la vida, actos cargados de superficialidad y materialismo, los pueblos deambulan en una impotencia espantosa. Consecuentemente, se acrecienta el individualismo y la insolidaridad, porque si la organización social y política no es garante de la seguridad de las personas, seguridad de la que pende la vida, el ejercicio de ella se traslada a otro espacio donde ese bien jurídico y natural deja de ser jurídico para reciclarse en el propio individuo que ante todo es un ser natural y jamás pierde en su conciencia el sentido de defensa y protección de su célula familiar y de sí mismo. El individuo advierte que no puede sostenerse en la constante del miedo permanente porque lo agobia. Ante esa cruel realidad de desprotección, su inteligencia e instinto de conservación crean en la sociedad formas de rebeldía y de defensa propios para poner fin al acoso exagerado de un mal endémico que atenta en todos los órdenes y en todos los instantes contra el bien más preciado de todo ser: La Vida.
Ha llegado el momento de resolver con determinación y sin demagogia este problema grave en la sociedad de todos. Los jueces conocen las estadísticas desfavorables en ese sentido, los educadores conocen de sus ineficiencias, los padres conocen sus carencias de autoridad, los funcionarios de seguridad conocen que la realidad los ha superado, los legisladores conocen que deben actualizar al siglo XXI la legislación penal inmediatamente sin el debate interesado, el gobierno conoce que se acrecentó una deuda gigante a favor de la vida. Todos conocen, todos conocen. La sangre de nuestros hijos en esta guerra desembozada clama en el día, atormenta en la noche.
