Me dolió mucho la partida de Oscar Kummel, porque no pudo cumplir con su sueño de morir actuando, sobre un escenario como siempre nos comentaba y no como le tocó, con sus capacidades motoras y cognitivas disminuidas.
Tuvo la virtud de mantener vivo el teatro en nuestra provincia cuando no había subsidios, ni apoyo, ni salas, sólo un decrépito Teatro Sarmiento y nuestro querido Goethe. Luchando gracias al apoyo de la brillante directora del Instituto Alemán: Ursula Bremer de Ossa.
El hecho que voy a relatar aconteció el 17 de enero de 1976. Pero hay que retrotraerse a unos meses antes, al 23 de octubre de 1975. Yo recién llegaba a la sala de ensayo cuando ellos se despedían. Estaban contentos, excitados, iban a hacer pintadas.
El rostro de Oscar estaba desfigurado, les pidió que no fuesen, que era peligroso, que no era el momento. De todas maneras salieron, contentos, sosteniendo que nada les podía pasar. Cuando volvimos a reunirnos, nos informaron la triste noticia: Alan y Diana habían sido detenidos.
Desde ese momento la única preocupación fue comunicarles que estaba con ellos, que los acompañaba. Vimos a Kummel preocupado durante semanas, hasta que encontró la solución: dar funciones en el Penal y en la Alicaída. En ese momento estábamos preparando dos farsas medievales: La del hierro candente y El Enviado del Paraíso. Se ajustaban al propósito, eran un simple juego teatral, con mucho de humor, de mimo y expresión corporal. No levantarían sospechas. Las negociaciones duraron mucho tiempo. Por fin se nos comunicó una fecha: el 17 de enero.
Primero dimos una función en Carpintería, en el acoplado de un camión y sobre fardos de pasto. Las obras se ajustaban a cualquier escenario. Días antes conocimos la primera frustración: no nos permitían actuar en el Penal, sólo podríamos llegar a la Alicaída. Ese día, era sábado, salimos en plena siesta rumbo a nuestro destino. Estábamos contentos. Al llegar nos esperaban nuestros anfitriones, que nos hicieron recorrer las ‘elegantes’ instalaciones. Las damas nos cambiamos en una celda, pintada a la cal, impregnada de olor a DDT, plagada de grafitis escatológicos y dibujos obscenos.
Cuando llegamos al comedor, donde actuaríamos, nos esperaba un público numeroso, participativo y bullicioso, pero no reconocimos ningún rostro de los muchos que pensábamos encontrar. Nuestros ‘anfitriones’, se habían tomado el trabajo de hacer redadas en distintos prostíbulos de la ciudad para que tuviésemos espectadoras. Cuando preguntamos por el resto de las ‘detenidas’, nos informaron que no podían juntarse con las ‘comunes’, pero que apreciarían la función detrás de un alambre.
De todas maneras presentamos las obras, en algunos momentos nos sorprendíamos diciendo nuestros parlamentos en tonos mucho más fuertes de lo acostumbrado, tratando de traspasar las paredes y llegar a ese alambre que nunca vimos.
Regresamos con un tremendo sentimiento de frustración. DIARIO DE CUYO, publicó la reseña de nuestra actuación el viernes 23 de enero. Pocos días después, un hecho fortuito, me permitió constatar, que nuestros pasos eran meticulosamente vigilados.
(*) Locutora Nacional. Exintegrante de Nuestro Nuevo Teatro (1975 a 1980).
