Por esa marca que ostentabas con tu palabra severa y otras veces triste; por la canción niña que dejaste a mitad del camino; por la que no podrás parir; por tu figura de quijote manso surcando las calles de esta provincia que muchas veces no te fue tan gentil como vos lo fuiste con ella; por el tono profundo y sentencioso de tu canto; por el modo con que abordabas la vida en trinos; y, pesar de que poco se te veía (siempre fuiste de perfil bajo), por todo eso -y bastante más-, te extrañamos, Saúl Quiroga.
Muchos saben de tu permanente pregón reclamando con tristeza por qué no se te convocaba a los festivales provinciales. Muchos también saben que es imposible derogar el canto prestando oídos hacia otro lado, como si no existiera; que es imposible hacer de algunos artistas un montón de ausencias, cuando -inexorablemente- el artista vuelve de los silencios transitorios, y, en tal caso, con mayor preponderancia, porque se viene de vuelta al ruedo con el reconocimiento de la gente como bandera.
Tranquilo, Saúl. Nadie, por más olvidos que tenga o se forje, podrá borrar de la conciencia popular que tus canciones fueron grabadas por los mayores intérpretes nacionales y de América (Los Quilla Huasi, Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Mercedes Sosa, etc.). No se podrá echar en el saco del desdén que una vez ungiste: "Tengo un platal de trinos entre las ramas del viejo tala”, porque aquella fue una proclama por la vida, la humildad y la poesía. Ni que se te ocurrió verificar que la melancolía y el tiempo construyen poemas: "Se deshojó el molino, como si fuera una margarita; mientras se va muriendo, me va dejando su musiquita”. O que el olor de las empanadas puede en algún momento, en la factoría de un poeta, venir de la mano frutal de bellísimas imágenes: "El horno está bostezando con fragancias de jarilla”.
Tuve la gran satisfacción de ofrecerle, algunos años antes de su partida, un poema para que le pusiera su música, como lo he hecho últimamente y con fortuna con grandes compositores nacionales. Saúl me miró con extrañeza y seguidamente me confió que eso no lo había hecho nunca, pero que lo intentaría. Él componía sus propios poemas. Al día siguiente me llamó y me dijo que ya tenía la canción, se trataba de una zamba. Por esas praderas azules donde vegetan eternidades los que hicieron algo por la vida y la belleza, andará esta música abrazada al poema que refiere la muerte de un pajarillo: "Y se fue, marchitada y sin dueño, su canción por el sol del estío, y un fugaz campanario de frío, en la rama vacía quedó. Y de pronto callaron las cosas, su discurso de acequias y grillos, y el gemido de aquel pajarillo, sólo el viento de enero escuchó”.
El poema es compaginación, espejo emocional de la realidad. Por eso, vientos de enero están buscándote, Saúl (pajarillo vallisto), para corregir los extravíos de la deudas humanas, para hacer justicia con el viento dulce y las acequias, para recopilar el canto de Cuyo en la modesta grandeza de "platales de trinos”.
