El primer ministro ruso, Vladimir Putin, promete que las elecciones presidenciales del próximo 4 de marzo no serán fraudulentas, como si en efecto lo hubieran sido los comicios legislativos del pasado 4 de diciembre. Él espera ganar y regresar al trono del Kremlin, por otros seis años más, con la posibilidad de ser reelegido y continuar hasta 2024. Aunque piense que los sondeos le pueden ser favorables, la movilización de los ciudadanos no lo es en absoluto.

La gran manifestación popular convocada para el 4 de febrero en Moscú, exigirá la repetición de los comicios legislativos, aunque para Putin los resultados son inamovibles. La oposición prevé que también habrá fraude en marzo, ya que señala que la manipulación electoral es consustancial al régimen. Los manifestantes dicen estar cansados de Putin después de ocho años como presidente y ahora cuatro como primer ministro. Putin primero desestimó a los manifestantes al considerarlos "monos charlatanes financiados desde el extranjero”, pero después apoyó la propuesta del presidente Dimitri Medvedev de introducir una reforma política gradual. El líder ruso parece estar convencido de que aunque el número de manifestantes es mucho mayor que cualquiera que haya enfrentado antes, sigue siendo un porcentaje de la población relativamente pequeño en un país con más de 140 millones de habitantes.

El abismo entre Putin y gran parte de su pueblo expresa que ha perdido su influencia popular y se niega a tomar a los manifestantes con la misma seriedad que muchos de sus aliados más cercanos. Los opositores afirman que el círculo íntimo de Putin es un pequeño grupo de ex espías de la KGB, empresarios y funcionarios que tienen poca empatía con la generación más joven de rusos urbanos adeptos a internet que ha ganado las calles en diciembre último. Pero en la intimidad no dejarán de preocuparse sobre el papel desempeñado por internet en las revueltas de la "’primavera árabe”. Las encuestas indican que Vladimir Putin no cuenta con el apoyo de la mayor parte de los habitantes de las grandes ciudades y de los que tienen educación superior. Arrastrada por la crisis que padecen la Unión Europea y los Estados Unidos, la economía rusa, según los analistas, seguirá en 2012 sin despegar. Se dan, por tanto, todas las premisas para que la tensión social se mantenga alta.