Educar es formar. Es extraer, sacar (del latín "educere") de la interioridad de nuestros hijos, lo mejor de sí. Es brindarles conocimientos, herramientas, valores éticos y culturales para hacer de ellos personas de bien en el futuro. Es un proceso continuo que requiere sus tiempos y organización. Por eso, los docentes deben estar en el aula educando a nuestros hijos. Ese es su lugar privilegiado en el mundo, no en las calles reclamando por salarios dignos. Verlos marchar con pancartas pidiendo por sus derechos, es muestra de un desorden. Y en el desorden reina el caos y todos pierden. 

EL DESORDEN MENOS QUERIDO

Quiero ser clara en este punto. La huelga no es un desorden. Eso sería confundir síntomas con enfermedad. La huelga es síntoma de un desorden y la única forma de abordarlo es ocupándose de las causas. La huelga, por el contrario, es un derecho humano natural con anclaje en la dimensión social de la persona. Ni la sociedad civil ni el poder político pueden anular este derecho. Derecho que es anterior a todo pacto social y a cualquier resultado de las urnas. La huelga, aun siendo un medio extremo, "es un derecho en las debidas condiciones, y en los justos límites", como nos enseñaba San Juan Pablo II (Laborem excersens, N¦ 20). Condiciones y límites aseguran su legitimidad. De allí que, como método legítimo pero extremo, sólo deba recurrirse a ella cuando sea inevitable y se hayan agotado todos los medios de negociación y diálogo conciliatorio. Bajo estas condiciones y límites, la huelga es moralmente legítima. Claro que, tratándose de la educación de nuestros hijos, la necesidad de acordar se vuelve un imperativo moral para todas las partes. 

Convengamos que, en materia educativa, no hay mayor desorden que ver las calles pobladas de guardapolvos blancos, mientras las aulas permanecen vacías. Sin embargo, adjudicar responsabilidades exclusivamente a los docentes, además de injusto, sería un error político. Pero sostener la huelga como un fin en sí mismo, evidencia falta de voluntad para acercar posiciones y llegar a una solución lo más cercana posible a los justos reclamos. 

EL JUSTO BIEN

También es moralmente legítima la defensa gremial de los derechos. El derecho de los trabajadores a formar gremios y asociaciones es una facultad connatural al ser humano. Derecho ligado indisolublemente a su sociabilidad. La esencia y función de los gremios tiene un fuerte componente moral: bregar por la justicia en las relaciones laborales y por la defensa de los derechos de los trabajadores. Es cierto que la docencia está marcada a fuego por la vocación, pero no por ello dejan de ser trabajadores con sus obligaciones y derechos a tutelar. Esta lucha gremial no se reduce a la confrontación permanente. No es una lucha contra nadie sino a favor de: la justicia social y del justo bien que le corresponde a cada cual. Y el justo bien en el tema educativo, es que los docentes tengan una remuneración digna acorde a su trabajo, pero también que los alumnos estén en las aulas aprendiendo. Ese es el justo bien anhelado y el orden que debemos entre todos resguardar.

Si cada cual tira de los extremos opuestos de un hilo, la tensión aumentará y el hilo habrá de cortarse en su punto más débil. Es física pura. Y el punto más débil en esta ecuación, son los alumnos. No hay otra forma de salir de esta encerrona que soltar los extremos y acercar posiciones. La virtud siempre es sinónimo de equilibrios. Es un esfuerzo ético al que están llamados de uno y otro lado de la mesa.

 

Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo