"Muchas veces escuché que pobreza siempre habrá en todas partes, frase miserable que, de antemano, condena injustamente de por vida a seres humanos, tan hijos de Dios como nosotros…".

Pensé hacer una nota sobre el día internacional del folklore, pero aún estoy metido en los dulzores del día del niño. Entonces, quizá con algo de magia, llegó por las redes a mis manos una vieja nota de un prestigioso matutino capitalino. Vi la foto y su comentario y sentí una sensación inexplicable. Un trabajo había sido premiado en un certamen mundial, pero su autor luego confesó que no quiso verlo más. En Sudán, una nena de color, de pocos años, desnuda y hambrienta, arrodillada sobre la tierra busca su ración de comida. Detrás acaba de posarse un buitre esperando el desenlace, su cercana muerte. El comentario dice que el fotógrafo que captó la escena espantó el pájaro y se fue a llorar bajo un árbol y al poco tiempo se suicidó, dejando angustiado el comentario de que no había podido hacer nada por la criatura. 

Todo un símbolo, dos tragedias encadenadas: una niñita condenada a una muerte absurda y un simple fotógrafo profesional, hombre sensible, que se privó de lo más preciado que un ser humano tiene, porque le tocó presenciar el momento crucial de una tragedia que sucede todos los días en casi todos los países del mundo y no vio una salida a semejante drama.

Muchas veces escuché que pobreza siempre habrá en todas partes, frase miserable que, de antemano, condena injustamente de por vida a seres humanos, tan hijos de Dios como nosotros, concepto que oculta que hay varios países donde hace muchos años no hay pobreza: Holanda, Bélgica, Suiza, Dinamarca, etc.

Es tan grave la discriminación de trato del ser humano en este mundo cada vez menos comprometido e injusto, que esto asume la categoría de infamia. No hay que mirar tan lejos para verificarlo. La televisión porteña sortea ante los ojos atónitos de los desvalidos niños de Jujuy, Formosa y de la vuelta de la esquina, un millón de pesos por programa, mientras la televisión del interior no tiene presupuesto de unos pocos pesos mensuales para solventar su cultura en vivo.

Entonces es legítimo, es conveniente, es necesario recordar el símbolo de la niñita hambrienta y tener bien presente que si el buitre hizo lo suyo cuando el fotógrafo se retiró, seguramente en ese preciso instante fue mancillada la inocencia; sangró la niñez de todos los niños del mundo; un niño murió sin enterarse que no es un animal y que es igual a todos los demás; los grandes estadistas debieron quemar los papeles; las reuniones de gabinete siguieron siendo al cuete; la Justicia ultrajada fue retirada a un rincón; en plena primavera hubo una flor que no quiso ser; en alguna escuela humilde de algún lugar de la tierra un banquito no será llenado jamás; una pequeña niña negra nunca supo que puede ser besada en su adolescencia, que tiene el elemental derecho a un futuro de luz y amor y que la muerte por abandono y hambre es una vileza; un corazoncito indefenso dejará de latir para encontrarse en algún lugar oscuro con la indiferencia; los poetas llorarán a su modo, los banqueros seguirán haciendo cuentas; alguien que se juegue la vida por estas cosas seguirá siendo loco o enemigo público número uno; yo, en estas líneas casi inútiles, me condenaré porque sé que no he podido evitar lo inicuo y tampoco sé bien cómo se puede hacer para lograrlo desde un país que llora permanentemente sus frustraciones; y la palabra de un Gran Hombre que, como otros menores salidos entre nosotros se desviviera por los suyos, nuevamente será desoída.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete