Tras una serie de medidas y después de arduas discusiones acerca de la forma de gobierno, el 9 de julio de 1816, el Congreso de Tucumán proclamó este día la existencia de una nueva Nación.
El diputado sanjuanino Francisco Narciso de Laprida preguntó a los congresales: "¿Queréis que las Provincias de la Unión sean una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli?". Todos los diputados contestaron afirmativamente. De inmediato se labró el "Acta de la Emancipación". Desde aquel momento nuestra libertad ha vivido un largo y sinuoso camino. A lo largo de 193 años nos ha costado comprender que la auténtica libertad no es "desentenderse de", sino "comprometernos con". Hemos tenido dificultades para vencer el egoísmo y trabajar buscando el bien común de la Nación. Somos un país atrapado en modelos ineficaces y obsoletos. Nuestra transición a la vida democrática está incompleta. Salimos del autoritarismo del Estado, pero no del caudillismo y del autoritarismo personal.
La Argentina está hoy enferma de intolerancia, de autosuficiencia, de la presunción de que el fragmento reemplaza a la totalidad. Tenemos siempre la tentación de acercarnos más al pasado que al porvenir. Estamos más cerca de la simulación que de la autenticidad, y nuestra organización política descansa más sobre el temperamento que sobre la ley. Estamos simulando la consistencia cívica que no tenemos. No hemos capitalizado el fracaso, que es poder reflexionar sobre las razones por las cuales Argentina perdió contemporaneidad.
Es urgente un esfuerzo desde lo político y de nuestras instituciones para entender las causas por las cuales la ética se divorcia del ejercicio del poder, y por qué éste queda asociado a un hegemonismo intolerante. Nuestro país necesita mayor integración federal e internacional. Para eso, hace falta un Estado que tenga proyectos de mediano y largo plazo. Necesitamos instituciones independientes e interdependientes. Si reconciliáramos la ética con la eficacia; el poder político con el conocimiento; la educación con el compromiso civil, tendríamos manifestaciones de una conciencia de desarrollo sin la cual el país está condenado a parecer una facción. No podemos seguir contando con una dirigencia paternalista, autoritaria y demagógica.
La Argentina fue capaz de generar una clase media que honró la noción de ahorro, de trabajo y de previsión. Podemos recuperarlo sólo en la medida en que entendamos por qué perdimos el rumbo; y éste se disipó porque se puso el poder político al servicio del oportunismo y no del desarrollo, y el capricho egoísta sustituyó a la verdadera libertad.
