Sin duda, el primer pensamiento que me viene a la memoria es el creciente empleo del español como idioma universal y, en consecuencia, como vehículo de respeto y desarrollo social. Ahí está el progresivo interés de los pueblos de habla hispana en la labor de las Naciones Unidas, lo cual ha venido impactando en las permanentes actividades de la Organización a través de mayores y sostenidas consultas, interacciones y demandas del público hispanoparlante de todo el planeta.
Hoy el español es la segunda lengua más hablada en el mundo como lengua nativa, tras el chino mandarín. También nos consta que, en los últimos tiempos, este permanente cultivo hispano se ha convertido en el mayor valor de la "Marca España”. La imagen proyectada ocupa un lugar destacado a nivel internacional, tanto en el sector artístico, como en el cinematográfico, musical o teatral.
Indudablemente, si la cultura hispana se ha puesto de moda imponiéndose en el mundo por encima de cualquier prepotencia económica, en parte fue debida a la transcendencia cada vez mayor que el español ha tomado en el ámbito creativo y de las relaciones humanas, al ser una lengua viva, manteniendo de este modo esa singularidad expansiva, junto a otros idiomas de gran calado como el árabe, el chino, el francés, el inglés o el ruso.
En este sentido, hemos de aplaudir igualmente la labor de la Real Academia Española (RAE), creada en 1713, por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco, que 300 años después, continua fiel a su propósito de "fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza”. Desde aquella memorable fecha, la RAE, o lo que es lo mismo, esta casa de las palabras, contribuye, mediante sus persistentes actividades, obras y publicaciones, velando por el buen uso de una lengua en indisoluble evolución, patrimonio común de quinientos millones de hispanohablantes. Por consiguiente, hay que felicitarse y felicitarnos por ello, que en esta era digital y en virtud del léxico, sigamos superándonos en el diálogo.
La afirmación de que la lengua y la cultura se interrelacionan resulta evidente, puesto que si la lengua es un poderoso medio de comunicación, la cultura también es un activa rueda de significados. No es de extrañar, pues, que los habitantes de la antigua Hispania romana (moradores de la península ibérica) y los ciudadanos de las naciones de Hispanoamérica, entre los que se incluyen España y los países hispanohablantes de América, África y Asía, así como los habitantes de Estados Unidos que sean originarios de alguno de estos países, ejerzan una fuerte influencia en todas las áreas, desde la política o los negocios hasta el cine, la música o el arte.
Ahora también tenemos la tarea de propagar este lenguaje, haciéndolo más auténtico, más veraz, más del corazón y de la vida. Las previsiones son que dentro de tres o cuatro generaciones, el 10% de la población mundial se entenderá en español, y en 2050 EEUU florecerá como el primer país hispanohablante del mundo. Será el momento, de que una lengua geográficamente compacta e internacional, armonice mediante un idioma homogéneo, la incomunicación de los nuevos tiempos, puesto que no le falta entusiasmo.
