
Llegamos a LV5, entonces Radio Los Andes, por esas cosas del destino. Fuimos con nuestro padre a presenciar un popular certamen de nuevos intérpretes. Como una travesura y dado que era amigo de mi padre, le pedimos a Daniel Godoy, extraordinario guitarrista fallecido tan joven, que acompañaba a los concursantes, que nos guitarreara en una improvisada canción en uno de los sitios donde se ensayaba. Fue cuando nos escuchó un directivo de la radio y nos contrató. Así comenzamos a cantar, en un ciclo de dos meses en el Auditorio de la prestigiosa emisora, de golpe, quizá casualmente. Allí conocimos a Silvio Francisco Falanti. Ya era uno de los operadores más famosos.
Luego fue camarógrafo en comienzos de Canal 8. Por sus cámaras pasó la historia de nuestra televisión. Cuando nadie lo esperaba, se largó como cantor de tangos en la memorable Boite del Casino por donde desfilaron los más grandes artistas de América y allí encontró su destino. El tango fue su cuna de barro, percal y melancolía con la que enfrentó la vida y puso sosiego a sus sentimientos. ¿Qué es el tango si no eso? Su voz dulzona caló noches de vigilia y soledad por las rendijas sentimental de hombres y mujeres en vela, en retiro, en incomunicación.
Los tangos de Falanti tienen un lugar seguro en el infinito de la nostalgia, agujero por donde se nos cuela el frío o donde pervive el amor primero, el beso aquel y la compañía indefectible.
No podrá olvidarse su pose de guerrero tierno copando el centro del escenario, traduciendo bandoneones llorosos, contrabajos sentenciantes, verdades a pura filosofía de orilleros y amantes o filosofando murmullos de Cadícamo, barriales de Celedonio o intensidades de los Espósito. Se eterniza aquel: "Estás desorientado y no sabés qué trole hay que tomar para seguir. Y en ese desencuentro con la fe querés cruzar el mar y no podés", que el gordo Silvio decía a borbotones de filosofía criolla aprendida en arrabales de la vida. Los tangos de Falanti, los de sus programas y los que sustentaba en sus cantares, están en nuestra historia de ciudad y barrios memoriosos, porque sobreviven la materia de las cosas auténticas; lugares humildes donde esta gran canción se empinó a la vida, donde los sensibles, los desesperado y los simples fueron forjando desde arrabales de Buenos Aires, una canción entonces marginal y maldita que se tomó extraña revancha y se coló en el corazón más cheto o recóndito de la ciudad, trasnochó ventanas de las "minas" pitucas, fue ilusión de las "paicas" y las "grelas", le cambió un poco la vida a los "fifi", y a fuerza de ser carne de vida, se convirtió en la canción nacional y una de las pocas indemnes banderas que supimos conseguir.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete
