Con motivo de recordarse mañana, 2 de noviembre, el Día de los Fieles Difuntos, conocido en otros países como Día de los Muertos, me referiré a esta fecha, ya que ocasión de conocer algunas ciudades de México esta celebración me dejó impactada.
"’La muerte no espanta. Recuerda que todo pasa. Que todo lo terrestre, acaba. Y que todos llevamos dentro un esqueleto”, escribió Elena Poniatowska, refiriéndose al Día de los Muertos. Elena es una escritora y periodista, nacida como princesa en París, en 1932. Sus padres, un príncipe polaco y una mexicana, huyeron del nazismo, y se establecieron en México, nacionalidad que ella adoptó en 1968 cuando se casó con el astrofísico Guillermo Haro. Pese a su origen aristocrático, políticamente eligió la izquierda y se dedicó al periodismo y la literatura comprometida.
A lo largo de la historia de los seres humanos, la muerte ha causado temores e incertidumbres. En México, mucho antes de la llegada de los españoles, unos 3.000 años atrás, muchas etnias, entre ellas la maya, veneraban, espantaban y hasta se burlaban de la muerte. Con el tiempo, el festejo se transformó en símbolo nacional.
El 7 de noviembre de 2003, la Unesco reunida en París, distinguió a esta festividad indígena, como "’Obra Maestra del patrimonio oral e intangible de la Humanidad”. Consideró que representa el patrimonio vivo de México, por ser la expresión cultural más antigua y de mayor fuerza en los grupos indígenas del país.
Y es que el 2 de noviembre, México festeja el Día de los Muertos con risa, azúcar, velas y ofrendas. Las visitas a los cementerios llevando coloridas ofrendas, se mezclan con Rimas llamadas "’Calaveritas” que son epitafios humorísticos de personas aún vivas. Versos donde la muerte personifica y bromea con personajes de la vida real, especialmente artistas y políticos en el poder. También es un día donde se mezcla lo prehispánico con lo católico, ya que la Iglesia recuerda a los Fieles Difuntos y lo dedica a rezar por sus almas, para que accedan al cielo.
En muchas casas se hacen altares con retratos rodeados de velas, dulces, pan de los muertos, agua, tequila y las comidas preferidas de los difuntos y se adorna con papel picado con figuras de calaveras y esqueletos. Se cree que en esos días, sus almas visitan la tierra. Las de los niños el 1¦ y las de los adultos el 2 de Noviembre.
En Aguascalientes, se celebra el "’Festival de las Calaveras”, inspirado en la obra del caricaturista José Guadalupe Posada, nacido en esa ciudad y creador de la "’Calavera garbancera” bautizada por el muralista Diego de Rivera como "’La Catrina”. Rivera la pintó en un mural al lado de Posada, apareciendo también él mismo como un niño y atrás Frida Kahlo. La calavera, famosa en el mundo, es la de un garbancero ó vendedor de garbanzos, que en México representa a los pobres que aparentan estilo de vida europeo, por eso lleva un sombrero francés con plumas de avestruz. En la actualidad, los habitantes desfilan como "’calaveras vivientes”. Hay gastronomía, altares, conciertos, rituales, corridas de toros, obras teatrales.
Así como La Catrina que es símbolo de la muerte y también de la vida cotidiana, hay otros símbolos como las flores blancas, que representan el cielo. Las amarillas como el cempasúchil (flor de los muertos) conocida en Argentina como clavel chino, de exquisito aroma y que en México cubre los campos en Noviembre, representa a la tierra y las flores moradas al luto. Las velas representan la luz que guía las ánimas. El humo de la quema del copal (una resina vegetal) es el paso de la vida a la muerte.
Elena ha sabido plasmar en relatos todas estas peculiaridades de la cultura mexicana, cuyos ritos y costumbres se han extendido a otros países de América.
Sin embargo, Argentina fue más influenciada por la cultura de los países originarios de los inmigrantes. Por ejemplo, los descendientes de los españoles que llegaron a San Juan a principios del siglo XX, afincados en Médano de Oro, el 2 de noviembre se instalaban con sus familias en las proximidades del cementerio de Pocito y luego de llevar flores a las tumbas de los inmigrantes fallecidos, se reunían para compartir comidas típicas y los dulces buñuelos, "’huesos de santos”, pestiños y ensaimadas, en tanto evocaban pasajes de la vida de los ausentes. La rapidez de los medios de transporte y la vida apresurada, sepultaron esa costumbre permaneciendo sólo la tradición de visitar los cementerios y depositar ofrendas florales en las tumbas.
Como dice Elena: "’Más que el hecho de morir, importa lo que sigue al morir. Y el camino desconocido de la muerte, sólo se puede significar por sus símbolos”. Símbolos que ayudan a tener presentes a nuestros muertos.
Por eso, llevar flores a sus tumbas, orar por ellos, evocarlos, simboliza y expresa que, más allá de la muerte, se los sigue amando… y eso es lo importante.
(*) Lic.en Bioquímica MPnº53.
