En ese afán reconciliador, de nosotros consigo mismo, del mundo con la sociedad, para garantizar que esta creación no desfallezca, es vital que prosigamos creciendo con los lenguajes del alma. Ya lo decía, en su tiempo, el autor de la obra del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: "Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están más secas las esperanzas”.

Dejarse abatir por una realidad de sufrimientos y guerras, tiene poco sentido, en la medida en que todo se disolverá en la nada, de ahí la capacidad de reaccionar y de renacer, antes de comenzar a pudrirse. La peor corrupción es el espíritu de podredumbre que nos estamos injertando en vena, como si la mundanidad fuese a solventar todos nuestros problemas. Vivimos entre la espera del tiempo y, este mismo tiempo, que se nos va de las manos. Lo que hoy es, mañana ya no es. Pero siempre nos cohabitan unos dones que están esperándonos con paciencia. Pongamos como concepto a meditar nuestra propia liberación frente a tantas ataduras. Así lo dejó enmarcado, el inolvidable caballero de la triste figura, Don Quijote: "la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida”.

Con este llamamiento a la esperanza de vivir autónomamente, los seres humanos de nuestro tiempo, o sea nosotros mismos, debemos ser cada vez más conscientes de la dignidad de todo ciudadano, que ha de ser guiado por la conciencia del deber y nunca movido por la coacción. Por consiguiente, todos los individuos, dotados de razón y de voluntad libre, estamos impulsados por nuestra misma naturaleza a vivir, y a dejar vivir, emancipado.

Por muy seca que esté la esperanza, la familia humana tiene un tronco común, lo que requiere que en todas las partes del planeta, se reanime la libertad y se proteja eficazmente, mediante una tutela jurídica universal. Tenemos que universalizarnos, ablandar nuestros corazones ante tantas experiencias de sangre, sudor y lágrimas; construir un mundo más humano, más movido por el alma de las personas, más abierto a la pureza del amor. Quizás sigamos sin aprender aún la lección más importante de la vida, la de amarnos.

Ayer teníamos la expectativa de la instauración de un mundo perfecto que parecía poder lograrse gracias a los conocimientos de la ciencia y a una suma de fuerzas democráticas. Hoy resulta que todo parece tambalearse. Mañana, tal vez aflore una nueva esperanza, pero no una ilusión para mí, sino para todos, un camino que nos fraternice y nos haga caminar desnudos de egoísmos. Sería bueno dejarnos modelar por el amor para reconstruir la fraternidad humana. Nos hará bien examinar nuestros propios sentimientos, nuestra conciencia, sin vanidad, sin deseo de poder y sin deseo de dinero. Al fin y al cabo, el peso de las fortunas no donadas o compartidas con los demás, acabará siendo un peso agobiante para cualquier caballero andante. Sancho y Don Quijote llegan a confundirse y a reconocerse el otro en el uno y el uno en el otro. Nadie vive solo. Puede que ahí radique la estrella de la esperanza que ahora no divisamos, en armónicamente saber convivir.