Hay quienes piensan que la educación sexual basada en la información que se imparte sobre los anticonceptivos a los adolescentes, es la solución efectiva y mágica para eliminar los embarazos precoces, los abortos provocados y las enfermedades de transmisión sexual.

Exigen entonces que esta información anticonceptiva se instaure definitivamente en las escuelas, para que así, informados y entrenados en el uso de anticonceptivos, los adolescentes puedan gozar de las relaciones sexuales sin padecer las consecuencias naturales de la promiscuidad sexual. Además de tratarse de una proposición inmoral y corruptora (se promueve la fornicación, la promiscuidad, la prostitución), de ser una alternativa totalmente desubicada antropológicamente (la adolescencia no es el momento para tener relaciones sexuales pues el individuo todavía no ha madurado lo suficiente como para responsabilizarse de ese acto), es un desconocimiento de la realidad. En efecto, basta observar los datos de países con una larga experiencia en la implementación de los programas de educación sexual anticonceptiva para constatar lo relativo de este criterio.

Por ejemplo, consideremos que la mayoría de los estudiantes de las escuelas públicas en EEUU son instruidos por profesores entrenados en el uso de anticonceptivos, y sin embargo, un informe del Senado de ese país, señala los amargos frutos de 30 años de educación sexual permisiva, con un aumento del 600% del número de embarazos entre adolescentes, y alrededor de 400.000 abortos quirúrgicos practicados anualmente en niñas adolescentes.

Para paliar el elevado porcentaje de abortos, y también el de embarazos no deseados de adolescentes, las autoridades sanitarias propugnan la utilización de la píldora del día después, la denominada contracepción de emergencia. Esta píldora actúa como anticonceptivo antes de la ovulación, pero si ésta ya se produjo, la altísima dosis del progestágeno levonorgestrel actúa como anti-implantatorio, o sea, como abortivo. En relación con ello, en un interesante trabajo realizado en Inglaterra, se confirma que la utilización de la píldora del día siguiente no reduce el número de abortos, ya que su uso produjo todo lo contrario, un aumento de los mismos, seguramente porque los adolescentes se exponen más en su actividad sexual.

Por ignorancia o por motivos ideológicos o prejuicios, se puede seguir llamando "educación sexual" a estimular la fornicación protegida por condones y anticonceptivos. Las estadísticas mundiales demuestran abrumadoramente, en todos los países, que con esa instrucción sexual lo que se consigue es que haya más madres solteras (y cada vez de menor edad), más abortos, más enfermedades de transmisión sexual, y más hijos sin padre y sin educación. Si los adolescentes, por el contrario, son educados en la práctica del pudor y la castidad, estos índices disminuyen considerablemente.

Argentina no está exenta de la presión ejercida por la internacional antinatalista, muy activa, con muchos medios económicos y publicitarios, cuyo objetivo fundamental es frenar la natalidad en los países subdesarrollados y que el medio que ha dado resultado es difundir que la fornicación (el sexo fuera del matrimonio) es un derecho que todo adolescente tiene, con tal que se proteja contra el embarazo y las ETS. Basta leer el National Security Memorándum 200, conocido como "Informe Kissinger" presentado a la Casa Blanca el 10-12-1974 y desclasificado en 1989, que señala la "ideología de la seguridad demográfica": la amenaza más grande que pesaría sobre el Norte rico, que envejece y decrece, es la que vendrá del Sur pobre, pero mucho más poblado. De ahí la necesidad imperiosa de contener el crecimiento demográfico del Sur sin reparar en los medios.

La educación sexual no puede quedar reducida a la mera instrucción sexual. Esta no tiene valor educativo si no va acompañada de los aspectos morales, religiosos, psicológicos y sociales de la educación en conjunto. Los jóvenes necesitan la enseñanza moral que lleve a la comprensión clara de las razones que motiven el ejercicio de las virtudes. En fin, una educación sexual basada en los valores que dignifican a la persona humana.