Se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio". Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: el celo por tu casa me consumirá. Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signos nos das para obrar así?". Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar". Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?". Pero él se refería al templo de su cuerpo (Jn 2,13-25).
El evangelio de hoy es presentado por los cuatro evangelistas. Pero hay una variante importante, ya que los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), sitúan este hecho en las cercanías de la pasión, mientras que san Juan lo presenta casi al principio de su evangelio. Ciertamente es un hecho llamativo en que aparece un Jesús bien distinto del que nos suelen presentar los evangelios. El Jesús que mostraba ternura con los niños, que se compadecía de los enfermos y los tocaba con su mano, que llamó bienaventurados a los pacíficos, que nos presenta el amor entrañable de Dios en la parábola del hijo pródigo, ahora aparece derribando las mesas de los cambistas con un látigo en la mano. Los comentaristas siempre señalan que la expulsión acontece en el llamado atrio de los gentiles, una explanada abierta no sólo a los judíos y en la que tenía lugar un comercio que era imprescindible, dadas las prácticas religiosas judías: los cambistas eran necesarios ya que las monedas romanas eran impuras y debían cambiarse por las del Templo. Igualmente era necesaria la venta de animales para los sacrificios rituales. Según el historiador Flavio Josefo, se sacrificaban durante la Pascua, que es cuando Jesús expulsa a los mercaderes, hasta 250.000 corderos. Describe además el ambiente sórdido de ruidos que existía en el atrio citado en los días de la gran celebración de la Pascua. En ese ambiente debió surgir la figura y la voz de Jesús como un gesto valiente que atemorizó a la gran masa allí presente.
El relato de hoy nos dice que "sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: el celo por tu casa me devora". Jesús, como buen judío, sentía la gran alegría de acercarse a Jerusalén. Habría cantado con emoción ese conocido salmo que dice: "Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor". Pero esa casa del Señor se había convertido en un mercado nauseabundo. Hoy también tenemos una tendencia a querer "comprar" a Dios con nuestros propósitos o promesas, para así tenerlo a nuestro favor. Sin embargo, hay un sentido más profundo de este hecho. Lo expresa la frase de Jesús: "Destruid este templo y en tres días lo levantaré". Y volverá a hablar de la destrucción, sintiendo como judío la ruina del templo y de Jerusalén. Hay un lugar, enfrente de la actual explanada del templo, llamado "Dominus flevit" (El Señor lloró), en recuerdo de las lágrimas de Jesús sobre su ciudad amada. El evangelio de Juan continúa: "Pero Jesús hablaba del templo de su cuerpo". Existe la necesidad de participar dominicalmente con la comunidad en la celebración de la Misa. Pero además, Jesús señala que todo día de la semana, todo tiempo, y todo lugar son ámbitos en donde se debería encontrar siempre a Dios. El evangelio no es, de ninguna forma, una incitación al uso de la fuerza. Es una llamada a revisar nuestro sentido de lo religioso, y descubrir que para encontrar a Dios necesitamos un ambiente de serenidad y de paz.
Debemos pensar que muchas veces, ninguno de nosotros es totalmente responsable de todas las cosas que nos ocurren, pero sí lo somos de nuestra reacción cuando ocurren. La serenidad es luz, ya que por ella las cosas adquieren contornos claros y precisos; su propia distinción e identidad. La serenidad es calma, ya que con ella, cada cosa mantiene su propio lugar y su propio valor. La serenidad es realismo, pues por ella se alcanza una visión objetiva de cada una y de todas las cosas. La serenidad es medida: compostura de mirada y valoración; es capacidad inalterada de mantenerse en los límites de cada cosa y de uno mismo. Saber hasta dónde podemos hacer y qué es lo que no nos conviene realizar. Y la serenidad ayuda a confiar y a perseverar. La serenidad, el clima de recogimiento que Jesús pedía en el templo y la calma del corazón de cada uno de los que acudían a él, son para el Maestro las condiciones necesarias que permiten lograr un fructífero encuentro con Dios. Lo mismo nos pide la Iglesia en esta Cuaresma: que recuperemos la calma del corazón y que descubramos la necesidad de la serenidad para vivir la auténtica libertad.
