En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: "¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Estos recibirán una sentencia más rigurosa". Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos arrojaban en cantidad. Se acercó una viuda pobre y echó dos monedas de cobre. Llamando a sus discípulos, les dijo: "Les aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, ha echado todo lo que tenía para vivir" (Mc 12,38-44).

Hoy Jesús elige la figura de los "escribas" -traducción de "oigrammatéis", "los letrados"- que, en otros pasajes son llamados "doctores de la ley", o "legisladores". No eran personajes religiosos, sino de la política judía. Manejaban el cuerpo legislativo hebreo que los romanos, con su política tolerante, permitían usar. Eran los jueces, abogados y legisladores de la época. Ellos mismos creaban y complicaban las leyes para luego, como hoy en día, hacerse indispensables al común de la gente para que pudiera cumplirlas o eludirlas. Sin duda que los que ocupaban más altos puestos o estaban más cerca de las riendas del gobierno gozaban de más poder y prestigio. A todos ellos les gustaba que los saludaran y reconocieran. Les placía sentarse en los estrados: "Los primeros bancos de las sinagogas"; eran los que estaban de frente al pueblo, como las tribunas. Allí es donde les gusta sentarse a unos cuantos. Y que devoran los bienes de las viudas y de los pobres es poco decir de esta clase de "letrados" figurantes, viviendo dispendiosamente mediante los fondos públicos y el poder que les dan los resortes del Estado. Jesucristo no contrapone a esta política judaica farisea de los letrados, una política de cristianos que ocuparían los mismos lugares. Es muy fácil apuntar con el dedo mientras no se tiene el puesto. Hay que ver, una vez habiéndolo obtenido, si no se termina por hacer lo mismo que hacía el adversario.

El contraste Cristo lo establece, por un lado, entre esta casta de amigos del poder y del privilegio, y por el otro, el del paradigma de la falta de poder, de la pobreza, de la impotencia y de la falta de brillo: la pobre viuda. El ataque contra los escribas introduce los versículos referidos al óbolo de la pobre señora. En contraste con el comportamiento de los escribas que instrumentalizan la religión para el propio interés, una viuda es presentada como modelo de la verdadera práctica religiosa. Esta escena se desarrolló en el atrio de las mujeres, en el Templo, donde se encontraban los recipientes que recibían las ofrendas de los fieles. Allí Jesús observa que los ricos daban muchas monedas. Una pobre viuda sólo da dos monedas de cobre, que eran la más ínfimas de las monedas griegas. El evangelista explica que correspondían a la más pequeña moneda romana. Los ricos dan de lo superfluo. La pobre viuda, desde su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir. Ha dado toda su vida. Más aún, se ha dado a sí misma. Esta mujer nos enseña a medir el mundo no con los criterios de la "cantidad", sino con los de la "cualidad" del "corazón". La acción de esta mujer contradice el proverbio según el cual "nadie da lo que no tiene". Ella en cambio, ha dado desde su indigencia, en oposición a los ricos que dan desde lo que les sobra. El siguiente hecho lo contó en 1980 la Madre Teresa de Calcuta: "Alguien llamó a la puerta de la Casa Madre. Era un leproso que temblaba de frío. Le pregunté si quería algo de mí. Le ofrecí alimento y una cobija para que se protegiera del frío de la noche. Pero aquel hombre rechazó la comida y la manta. Entonces me mostró un cestito que utilizaba para mendigar y me dijo en bengalí: "Madre, la gente dice que le han dado un premio muy importante (se refería al Nobel de la Paz), y esta mañana decidí traerle las limosnas que recogiera durante el día de hoy. A eso he venido". Comenta la Madre Teresa: "En el cestito había 75 paisas, que son veinticinco centavos de dólar. Era un donativo insignificante. Siempre lo tuve en mi escritorio porque es un regalo humilde que demuestra la exquisita generosidad de un corazón humano". Es que la generosidad no consiste en que me des lo que necesito más que tú, sino en que me des lo que tú necesitas más que yo. Cuánta razón encierran las palabras del escritor catalán Eduardo Marquina (1879-1946): "Oro, poder y riquezas, muriendo has de abandonar, que al cielo sólo te llevas lo que das a los demás".