Después que Judas salió, Jesús dijo: ‘Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros. Así como yo os he amado, amaos también vosotros los unos a los otros. En esto todos reconocerán que sois mis discípulos: en el amor que os tengáis los unos a los otros” (Jn 13, 31-35).
Uno de los tantos vicios de nuestro progresista y moderno mundo, es la tendencia a degradar el valor de las palabras. Ya decía San Agustín que las cosas se envilecen con el uso: ‘Consueta, vilescunt”, afirmaba en hermosa y condensada expresión latina, difícilmente traducible. Uno de los términos mas devaluados hoy es precisamente ‘amor”. Se lo confunde frecuentemente con un sentimiento y no como una virtud. El sentimiento, salvo en lo materno, y allí, aún debe ser corregido, es algo sumamente fluctuante, frágil, si no lo ordena, lo cuida y lo protege la prudencia, virtud que en el orden del actuar proviene de la inteligencia. Lo sentimental no solo es fácilmente mudable, respecto de los individuos humanos y las metas temporales sino respecto a Dios. Si amar fuera sentir cariño o ternura por Él ¿cuántos le amaríamos? No basta decir que la solución de todos los problemas es el amor. Hoy, al menos, no se puede empezar por allí, porque, antes, es absolutamente necesario hacer saber a la gente en qué consiste el verdadero amor y en enseñar a amar. Ya lo decía Erich Fromm, escritor judío marxista y freudiano en su libro ‘El arte de amar”: ‘¡Pensar que el amor es el núcleo más profundo de la vida humana y dónde se juega la felicidad o no de los hombres, y en las escuelas se enseña de todo: matemáticas, geografía, historia, y lo único que no se enseña es a amar, como si todos supiéramos de nacimiento amar!” ‘No”, dice, ‘a amar hay que aprender, como se aprende a hablar, a caminar, a leer y a escribir”.
El evangelista Juan afirma que Jesús dijo: ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. En el texto griego aparece la expresión: ‘kazósegápesahumás”, ‘como yo os he amado”, que es mucho más que un ‘a imitación de cómo yo os he amado”. ‘Kazós” en griego hace decir a la frase: amaos ‘con el mismo amor” con que yo os he amado. Lo especifico del cristiano no es amar, sino hacerlo como lo hizo Jesús. Amar, en la lógica del evangelio, no es una obligación sino una necesidad vital para vivir, como el respirar. Es un mandamiento en el sentido de fundamento del destino del mundo y de la suerte de cada uno: ámense los unos a los otros, porque si no la razón será siempre del mas fuerte, del mas violento o del mas astuto. ‘Nuevo” lo declara Jesús. Ya antes, en la ley de Moisés aparecía una prescripción: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18). Jesús no dice simplemente: ‘Ámense”. No basta amar, porque eso podría ser sólo una forma de posesión y de poder sobre otro; un amor que toma todo y no da nada. Hay amores violentos y desesperados. Amores tristes y hasta destructivos. El evangelio añade una expresión particular: ‘ámense los unos a los otros”; es decir, en una relación de comunión, en un cara a cara, en un sentido de reciprocidad: amor dado y recibido, ya que en esto consiste la felicidad.
Es que no basta ser creyentes. Hay que ser creíbles. A Dios no se lo demuestra sino que se lo muestra. Se lo revela cuando nos amamos, pero de verdad. Es que lo contrario al amor no es el odio sino la indiferencia. El Papa Francisco nos evangeliza a diario con evangélicos gestos de auténtico pastor. La semana pasada fue a la isla de Lesbos (Grecia) para mostrar su cercanía a los refugiados que llegan a Europa con hambre y un futuro incierto. No sólo saludó a cada uno de ellos, sino que trajo al Vaticano a tres familias. También conservó los dibujos que le entregaron niños sirios. En uno de ellos aparece el sol llorando al ver los campos de refugiados. Como queriendo decir: ‘el sol llora, y ustedes, los humanos no lo hacen porque miran para otro lado”. ¡Cuándo aprenderemos que en la caridad no hay excesos!. Decía la Madre Teresa de Calcuta: ‘Nunca dejemos que alguien se acerque a nosotros y no se vaya mejor y más feliz. Lo más importante no es lo que damos, sino el amor que ponemos al dar. Halla tu tiempo para practicar la caridad. Es la llave del Paraíso”. Cada acto de caridad es un paso más hacia el cielo. Para san Pío de Pietralcina: ‘Faltar a la caridad es como herir a Dios en la pupila de su ojo. ¿Qué hay más delicado que la pupila del ojo?”. En la caridad el pobre es rico, y sin caridad, todo rico es pobre.