Todo el caserío de Perdriel, en la Chacra de Pueyrredón, partido bonaerense de San Martín, vio nacer hace 178 años a un niño que con el tiempo le daría al país no sólo una maravillosa obra literaria, sino un inigualable compendio de enseñanzas y consejos salidos del alma de un gaucho.
El 10 de noviembre de 1834, nacía José Hernández, el hombre que arrojó todo el lazo hecho pluma para llevar por siempre la indiferencia de los hombres hacia las auténticas raíces argentinas, que en definitiva es la forma peculiar de ser, de sentir, de pensar y de expresarse de un pueblo. Y su gaucho "Martín Fierro”, que apareció hecho libro y se agotó en los mostradores de las pulperías, se convirtió en un espejo de agua en el que quisieron observarse todos los hombres que amaron nuestra tierra campera, aquellos que hoy siguen buscando el reflejo que les devuelve la tradición, es decir, ese cúmulo de costumbres que se transmite de generación en generación.
Otros hombres, políticos de todos los partidos, coincidieron felizmente con el mensaje de José Hernández, cuando hace setenta y cuatro años, no dudaron en instituir el Día de la Tradición en la misma fecha del nacimiento del gran poeta. Es que la tradición tiene recuerdos para todo, no sólo para el arquetipo del ser nacional que es el gaucho, sino que también se traslada a las instituciones, las gestas, la lengua, la conducta y la historia toda.
Entonces, por qué no citar a Nicolás Avellaneda que afirmaba: "Los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de su propio destino. Mientras que los que se apoyan en tumbas gloriosas son los que mejor conquistan su porvenir”. Por eso, en estos tiempos en los que a veces se vive con riesgo la globalización de la cultura, seguramente en detrimento de las de los países "más chicos” o "más nuevos”, bien vale un festejo criollo, típico y sin deformaciones.
Hasta el compositor ruso Igor Stravinsky dio una definición espléndida para cualquier nación: "Lejos de suponer la repetición de lo que ha sido, la tradición supone la realidad de lo que perdura”. Lo complementa de modo admirable el escritor Ricardo Güiraldes al hablar del gaucho: "Nuestra raza nació de una raza muy vieja y de una tierra muy nueva. Sangre fue su agua de bautismo y al salpicarse de rojo el damasquinado verde de la tierra, nació una amalgama de tierra y hombre, que fue nuestro parto original”.
