Muchas familias y personas han comenzado las vacaciones. Es importante meditar sobre el valor de compartir el tiempo en este período maravilloso que es el del descanso. Inmersos en una sociedad llamada ”posmoderna”, hemos ingresado en una actividad agitada y frenética que pareciera nos va robando la verdadera calidad del tiempo. Es bueno que se haya acentuado de manera cada vez más fuerte el ideal de recuperar la naturaleza, que estemos preocupados por la contaminación del medio ambiente, que se luche por obtener más espacios verdes en nuestros barrios.
El ecologismo no es una idea de la que se deben apoderar ciertos grupos de ciudadanos, sino que debería ser actualizada por todos los que habitamos esta tierra que Dios nos dio. Él mismo, luego de crear al hombre le asigna a éste la delicada tarea de someter, cultivar y cuidar la tierra. San Francisco de Asís fue declarado patrono de la ecología. Compuso una bella oración, conocida con varios nombres: Cántico de las Criaturas, Alabanza de las criaturas e Himno de la Hermana Muerte. Fue escrito en romance umbro (la tierra del santo) y se lo considera el primer poema en lengua italiana. Se lo celebró como ”el más bello trozo de poesía religiosa después de los Evangelios”, y ”la expresión más completa y lírica del alma y de la espiritualidad de Francisco”. La fecha de su composición es el otoño de 1225. La estrofa sobre el perdón la redactó en ocasión de una controversia entre el Podestá de Asís, primera autoridad de la ciudad, y el Obispo, reconciliándolos. Y la última, sobre la hermana muerte, la compuso en octubre de 1226. Las circunstancias físicas en que se hallaba el Pequeño de Asís, obvian los comentarios y provocan las conclusiones: desangrado por los estigmas, casi ciego y desnutrido. Por el contrario, su vida interior estaba en la mejor salud. Francisco interpretó el silencioso canto que toda la creación le tributa a Dios, y la silenciosa melodía que Dios canta a la creación. Porque era el más humilde de los siervos, comprendió como nadie la grandeza de su Señor.
Creo que habría que pensar que nuestras almas padecen parecidas o más graves agresiones que las que experimenta el planeta, por eso, hoy más que nunca es imprescindible el ecologismo espiritual. Hay en el mundo una contaminación de nervios, de tensiones, de gritos que hace tan irrespirable la existencia como el aire. La gente vive devorada por la prisa, nadie sabe conversar sin discutir, la gente necesita pastillas para dormir, a diario ciertos anuncios publicitarios o programas televisivos llenan el alma de niños, jóvenes y adultos de residuos tóxicos, se talan despreocupadamente los árboles de los antiguos valores, apenas hay en las almas espacios verdes en los que respirar. Habría que explicarle a la gente que el alma necesita, como las grandes ciudades, de los espacios verdes del espíritu. Y señalar que es necesario impedir que la especulación del suelo del alma termine por convertirla en inhabitable. Tendríamos que ir descubriendo e indicando algunos espacios verdes del espíritu que urge respetar.
El primero, aunque tal vez parezca algo fútil, es el descanso corporal. La vida humana, con su alternancia de sueño y de vigilia, está muy bien construida. Pero cuando se la desnivela con ingenuos trasnoches, cargada de estupefacientes que utópicamente llevan a paraísos artificiales, o de alcohol que potencia la litigiosidad, pronto queda también mutilada la vigilia. Por allí hemos escuchado alguna vez que ”para estar bien despiertos, hace falta estar bien dormidos”. Hay quienes piensan que robándole horas a la noche se produce más o se aburre menos. Lo cierto es que esas horas luego se pagan al día siguiente, con el cansancio y la mediocridad.
El segundo gran espacio verde es el ocio constructivo. Para los latinos y los griegos de la antigüedad, el ”ocio” era lo contrario al ”negocio”. Hoy, obsesionados por las operaciones bursátiles, la inestabilidad económica y los ”negocios” en general, hemos perdido la capacidad para aprovechar del ocio ”creativo” y crecido en avaricia.
El tercer espacio es la amistad. ¡Ningún tiempo más ganado que el que se ”pierde” con un verdadero amigo! La charla sin prisa, los viejos recuerdos, el encuentro de dos almas, son sedantes que no tienen precio. Sí, esas visitas que siempre dejamos ”para cuando tengamos tiempo” serían el mejor modo de aprovechar el que tenemos. ¡Qué hermosa la amistad en la que no cuenta la prisa del reloj o la que viven dos amigos sin pedirse nada! Decimos que el tiempo es oro, pero nunca decimos qué tiempo vale oro y cuál vale sólo oropel. Oro puro es, por ejemplo, el que un padre dedica a jugar con sus hijos pequeños, escuchar con atención a los adolescentes, a conversar sin prisa con la mujer que ama, a contemplar un paisaje en silencio.
